viernes, 20 de julio de 2007

ONETTI Y EL TANGO



ONETTI Y EL TANGO

Hay una mitología preparada para sostenerlo. Vive en un apartamento de la calle Gonzalo Ramírez, donde toma cerveza, ciñéndose los pantalones por debajo del abdomen. Su impermeabilidad mítica, su "aspereza", si no bastaran la fama y el malentendido para dotarla de significados que se renuevan, a despecho o a favor de la realidad, viéndolo a él y hablándole, parecen sólo unos signos y unos gestos más, manejados a conciencia, una parte significativa de su lenguaje (¿medios o fines del arte?), que apenas alcanzan a encubrir el poco enigmático estrabismo, la ternura y la hombría dulce de este hombre con lentes que es Onetti. En fin, hay que averiguárselas para presentarlo en términos que justifiquen un reportaje más, con un preámbulo completo que lo ponga al alcance de la mano, porque está vivito y coleando, hay que decirlo. ¿Y quién no le teme a Onetti, quién le conversa de algo a este triste apasionado, aunque se trate de conversar sobre Gardel?
Menuda tarea le tocó: ir a ver a Onetti, escribir sobre tamaña cosa. Cuando le encargaron la nota primero no contestó, la cabeza le trabajó de varias maneras y, después que compuso unos razonamiento adecuados, aceptó. Pensó en 1a fuerza de realidad que tienen los pensamientos de los que piensan poco, sobre todo cuando no divagan..." (“El pozo”, Onetti, Montevideo, 1939, p. 40).
Después quiso recurrir al mismísimo Gardel, pero no pudo evocar ningún tango apropiado para esas circunstancias. Llamó un taxi, mientras se autosugería otras frases reveladoras, éstas de su propio ingenio, tales como "ahora sí que estás frito", y con aquella disposición de espíritu indicó la dirección dudosa que le habían dado. Tuvo suerte porque se equivocó y se bajó mal. Estaba oscuro como se debe, prendió un fósforo y tocó el timbre de la primera portería del primer edificio grande que vio, preguntando si ahí vivía Onetti. Cosa sorprendente, vivía ahí. Entonces, subió al sexto piso. Verdaderamente, dice que sucedió de esta manera:
Cuando después de varios minutos se abrió la puerta, apareció un individuo alto, idéntico al retrato de Sábat, ése donde parece un pez-martillo. Me miró como a un germen con leve fastidio y con curiosidad implícita.
-¿El señor Juan Carlos Onetti?
Tal vez para emplear una frase amenazadora, hizo una pausa y me contestó:
-Onetti.
Yo hice otra pausa, tragué saliva y empecé a explicarle que venía a molestarlo para hacerle unas preguntas sobre Gardel. Creo que seguí hablando sobre la molestia, aunque él ya me había hecho entrar -a veces me paso de sensibilidad-, pero estoy seguro de haberme referido también al honor que representaba para mí. Lo cierto y sin embargo es que, cuando quise acordar, estaba solo y él se había ido para la cocina. En la pared había pegados numerosos recortes, fotos y una cédula de identidad que me llamó la atención: pinchada encima de una descripción tipométrica del rostro, con la interpretación científica de la descripción, escrita a máquina, era una cédula de Onetti.
Cuando escuché que volvía aquel silencio ya era insoportable. Tal vez me imaginaba, y queda ahuyentarlas, unas dificultades enormes para hablar; o tal vez estuve atribuyéndoselas a él, por esos movimientos lentos que hace, ceremoniales, o por aquel ritmo reflexivo, de sus frases cortas, las pocas que había dicho. Le pregunté sin preámbulos por qué era tan famoso; sin alcanzar a ver lo indecoroso de aquella cuestión vi que se sentaba y dijo:
-Porque la fama es puro cuento, botija.
Sobrevino el silencio otra vez. Irremediablemente yo habría quedado bajo los efectos de mi torpeza, si no hubiera sido porque él consiguió lápiz y papel, abrió una botella, me invitó a sentarme y me explicó lentamente, para empezar, qué difícil nos iba a ser hablar sobre Gardel.
"Lo conocí en el teatro 18, cantando. Después lo vi varias veces, de mesa a mesa, en aquel café donde se comían unas milanesas redondas, al lado del Tipí Viejo. Hoyos de Monterrey; vos no lo conociste. Era en aquella época de la zarzuela -(no puede afirmarse que haya dicho exactamente eso; probablemente se refirió a la compañía de zarzuela en la que actuó Gardel, año 30), "un desastre de compañía, y la gente llegaba al final, para oírlo cantar; a esa hora había un repunte bestial en la venta de las entradas. La temporada iba mal; Gardel entraba como fin de fiesta". A una pregunta sobre si Gardel a su juicio, era un hombre triste: "Tenía esa clase de tristeza que sale de adentro, que surge de un problema interior, aunque el problema interior no se sabe nunca de dónde viene. Nunca hablé con él, solamente lo veía, de vez en cuando -Onetti tenía unos veinte años- en ese café que te digo, de madrugada. Hablaba poco, era cortés y retraído y daba la impresión de ser tímido. Tenía una gran cordialidad; yo lo veía escuchando a todo el mundo con verdadera atención y siempre sonreía".
Sobre las mujeres de Gardel: "Nunca lo vi con ninguna mujer y se sabe que no era hombre de hacer alardes". Juanita Larrauri: "Hubo sí, una tal Juanita Larrauri, que fue diputada peronista y que publicó una serie de notas en uno de esos pasquines, diciendo que Gardel estaba loco por ella. Pero era vanidad femenina, y para peor póstuma". Se conversó un poco de ese tema, queriendo vincularlo con algún parecer personal de Onetti sobre lo legendario en general, sobre el olvido o sobre Artigas. "Yo vinculo el protectorado de Artigas con las semejanzas espirituales notorias entre el hombre de las Misiones, de Corrientes y Entre Ríos con nuestro hombre.
Aunque ahora, el montevideano, en particular, venga a ser, en lo referente a esa espiritualidad y comparado con el hombre del campo, algo así como el porteño para nosotros. Artigas forma parte de una genealogía que se dan los pueblos, obligatoriamente, como se la dan las familias pobres, y en la que son necesarios tanto el héroe nacional como el poeta y el novelista nacionales y como el cantor nacional. Si ustedes tienen a Napoleón, nosotros tenemos a Artigas; si ustedes tienen a Baudelaire, nosotros tenemos a Zorrilla. Gardel es parte inseparable de la genealogía de los pueblos del Plata." Sobre la verdadera nacionalidad de Gardel: "Para mí era francés".
¿Cuál tango de Gardel le gusta más?: "¿Te das, cuenta de que siempre se dice los tangos de Gardel? Y sin embargo no hay ningún tango de él. ¿Te das cuenta que Gardel es el tango? A mí me gustan todos. No sé, podría indicarte que me gusta ‘Mano a mano’". ¿Cuáles serían los tangos que él cantaba con más "sentimiento?: "Él sentía más ese tipo de tango melancólico y cínico: Por qué me das dique, señora de grupo. Y aquel otro, ‘Tortazos’: "Qué hacés, tres veces qué hacés... No te rompo de un tortazo por no pegarte en la calle La mejor postura que tenía era la del fioca postergado, la que le cuadraba mejor; para mí el Gardel más auténtico es ése".
¿Se puede comparar a Gardel con otros cantores?: "¿Vos estás loco? Yo tengo una radio piojosa y escucho solamente Sodre y Gardel". Con guitarra o con orquesta: "Me gustan más los tangos con guitarra". ¿Era buen actor? ¿Qué opina de sus películas?: "Horrorosas. ¿Cuál es una en la que engancha a una mujer con el lazo? Era cantor, ¿entendés? Hasta cuando hablaba cantaba; no hay más que escuchar las grabaciones de algunas películas: Margarita.
La charla sobre Gardel, que iba a ser difícil", a medida que transcurría se hacía más fluida y personal. Onetti cantaba o recitaba las letras todo lo que quería, a veces eludiendo las preguntas. A menudo dijo cosas que habría sido necesario transcribir exactamente, pero acaso lo más importante fuese consignar el 11 como" -cerraba los ojos y cantaba- y el "porqué" -para quien tenía que escucharlo forzosamente, admiración y curiosidad mediante- de aquella fluidez repentina que cobró la conversación.
-Onetti, ¿alguna vez le dio por cantar a usted?
-Sí me dio y me dieron.
Había dos estuches de violín cerca de la mesa.
-¿Usted toca el violín?
-Sí, toco. Lo que más me gusta tocar es Amurado.
Por supuesto, nunca tocó el violín.
-¿ Y que habría opinado Gardel si hubiera leído “El pozo”?
-Yo no sé si sabía leer.
Transición y agarra el tono otra vez: "Como se pianta la Vidaaaa...” etcétera.
-¿Le habría gustado que Gardel cantara alguna cosa que no cantó?
-Sí. “La Berceuse bleu” de Julio Herrera.
-¿ Gardel era inteligente, Onetti?
Volvió a cerrar los ojos, pensó un poco, los abrió, me miró con la misma mirada aquélla, remitiéndome al portaobjeto, y dijo:
-¡Sí!... ¡Y chau!
Yo ya me iba. No sabía cómo hacer para despedirme, para abrirme camino y salir de aquel apartamento, con Gardel muerto hace treinta años sobre mis propias espaldas, con Onetti cantando y observándome cada pelo a ver cómo hacía para saludar. Se ve que notó todo, incluidas mi tribulación y mis dudas sobre el éxito del reportaje, y me ofreció una respuesta más, sin pregunta previa, cosa de darme ánimo:
-Decí que lo más importante que ha sucedido en el Uruguay en materia artística, se llama Carlos Gardel.
Alfredo Zitarrosa

Este reportaje fue publicado en el periódico uruguayo “Marcha” el 25 de junio de 1965 (año XXVII, número 1.260). Zitarrosa, voz, guitarra y poeta popular rioplatense, murió en 1989.

jueves, 12 de julio de 2007

GARDEL... siempre GARDEL


GARDEL... siempre GARDEL

Luis Grassi
Hace muchos, muchos años, estando en Panamá, toda mi intención estaba centrada en arribar a Colombia, siempre alentado por conocer lo desconocido, por descubrir que hay del otro lado de la frontera. Mis años juveniles impulsaban ese espíritu aventurero, curioso y desinhibido, que buscaba indagar sobre cualquier historia o sitio que se le presentara en el camino."¡Y allá vamos!"- me dije.
Demás está decir que dicha escala la realizaba con la idea de conocer ese pueblo con el cual siempre estuvimos hermanados debido a la incursión realizada por nuestros grandes jugadores del fútbol argentino de antaño, quienes fueron allí a enseñar sus conocimientos y virtudes en ese suelo que una vez también cobijó la gloria y muerte de Carlos Gardel.
Al arribar a Medellín, el desvencijado avión que me trajo a los tumbos correteó por la pista del aeropuerto Olaya Herrera, lugar del accidente en el que perdió la vida nuestro ídolo y gran parte de la comitiva que lo acompañaba.
Pasaporte de por medio y luego de un simple trámite de aduana, evocando esa triste historia que guardamos nosotros los sensibleros, contemplé por unos instantes el amplio valle y las verdes montañas circundantes, mudos testigos de la tragedia ocurrida en aquél veinticuatro de junio de mil nueve treinta y cinco a las tres de la tarde.
Gran cantidad de placas recordatorias en homenaje a Gardel ilustraban las paredes de una galería cubierta y en un patio de baldosas, al aire libre, una estatua erigida a su memoria era acompañada por algunas flores frescas y otras artificiales.
Tal vez fue emoción o desconcierto lo que me invadió en esos instantes al ver todo esto como una persona ajena en un sitio tan conocido y renombrado por varias generaciones a causa de un recuerdo fatídico que los tiempos no pudieron desdibujar.
¿Qué les iba a decir a los que pasaban por mi lado? ¿Qué yo era argentino? ¿Qué aquí cayó Gardel? ¿Para qué?. Si ellos lo sabían. Bien que lo sabían.
Estaba solo, perplejo por la situación y algo cansado por el azaroso viaje.
Yo era un pasajero mas, alguien que pasaba inadvertido.
Empuñé el soporte de mi valija. Era de color blanco, única, la que me acompañaba a todos lados. Ni sé de que material estaba hecha. Pero sí sé que era única, linda. Nunca vi otra igual.
El viejo portón de salida se asemejaba a toda la humilde y vieja construcción del aeropuerto. Ya en la vereda, me rodearon chicos que venían a pedir limosna y grandes que se ofrecían a llevarme a la ciudad por tres dólares.
Ajeno a todo lo que daba vueltas en mi derredor, ya mas calmo, mi curiosidad de siempre me indujo a tomar la decisión de investigar, de hacer preguntas, no se cuales ni a quien, mas no podía desperdiciar ese momento en el remoto lugar histórico donde me encontraba. Como argentino y gardeliano que soy, retirarme de allí, como quien dice, con las manos vacías, era un pecado.
Borrosamente recuerdo el rostro de alguien que se ofreció para llevarme la valija. Por unos instantes lo miré y se me ocurrió preguntarle:-
-¿Vos sabés en que lugar de la pista ocurrió el accidente?
- ¡ Si, cómo no voy a saber, venga que lo llevo!
- Quedé mudo, no podía creer lo que me aseguraba.
El muchacho se adelantó por un pasillo para guiarme y yo lo seguí con cierto temor acompañado de mi valija blanca.
Entramos a la pista. Yo esperando que en cualquier momento alguien nos viniese a sacar de allí, pero nada ocurrió; fue un milagro. Mientras tanto mi improvisado guía hablaba y hablaba preguntándome a cada rato como era la Argentina y de donde venía y adonde iba. Así fuimos caminando por mas de trescientos metros. Mi contestación a sus requerimientos eran incoherentes. Ya ni sabía que responderle, rogaba que se callase de una vez para dejarme vivir ese momento impensado que se me fue dando porque si, por preguntar algo.
Llegamos a un lugar en donde solo se hallaba un gran circulo marcado sobre la tierra. Solo tierra algo removida.
- ¡ Aquí cayó Gardel!-dijo mi guía para después quedar en silencio como quedé yo,
respetuosamente.
Luego de unos instantes de contemplación, me dije por lo bajo: -
- ¡Aquí cayó Gardel!
Un remolino de viento agitó el polvo de esa tierra como certificándome el lugar.
Volvimos en silencio. Ya no me importaba si hubiese venido alguien a sacarnos de la pista.
Mi guía marchaba al lado mío, en silencio, expectante, esperando su propina.
Mientras tanto, yo me hacía esta pregunta : ¿"Que habrá sido esto en el año treinta y cinco si ahora por aquí dos tipos entran y salen de la pista como Pedro por su casa."?
Para llamar mi atención, la voz del muchacho me sacó de razonamientos y comparaciones
- Mire señor, allí en ese circulo en donde le señalé que cayó Gardel, estaba su monumento. Lo sacaron porque van a ampliar la pista.
Mientras lo escuchaba, yo vivía ese instante como si fuese una película de ficción.
Llegamos a la salida sin inconvenientes. Lo que mas recuerdo de ese muchacho fue la sonrisa de agradecimiento cuando le di unos pesos y las gracias por esa especie de favor que me había hecho.
- ¿ Cómo te llamás?
- Carlos, Carlos Perez Uribe.
- ¿Carlos?
- Si, mi abuelo quiso que me pusieran ese nombre porque era admirador de Gardel...y usted , ¿Cómo se llama?
- Luis, me llamo Luis Aldo....
- ¡Ah!.... deme, deme que le llevo la valija hasta el taxi...
- ¡Adiós Carlos y gracias -- le dije al muchacho a la vez que miraba hacia la pista donde se encontraba allá, a lo lejos, el circulo de tierra.
- Suerte, adiós señor....me contestó.
Pasaron muchos años de esta inolvidable aventura. Cuando casi permanentemente se lo recuerda a Gardel mostrando entre otras cosas la filmación del accidente que le costó la vida, añoro entonces mi paso por el aeropuerto Olaya Herrera y el valle y las montañas que lo rodeaban en aquel diáfano día, en que acompañado por mi valija blanca y un muchacho colombiano, caminé mas de trescientos metros por la pista para encontrarme con ese imperceptible circulo marcado sobre la tierra en donde la muerte le dio paso a la inmortalidad del ídolo.
Allí, entre valles y montañas canta Gardel.


(La Aunténtica Defensa) Panamá

El nacimiento del mito gardeliano



Año 12 Edición Nº 3812 Paraná - Entre Ríos - Argentina -

Viernes, 13 de Julio de 2007 - Lector Nº 18184817

El Diario

Puente Rosario-Victoria

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Tango: CASO ÚNICO. Conmemoración que se repite cada 24 de junio

El nacimiento del mito gardeliano

ADMIRACIÓN. En el mausoleo de la Chacarita, el mundo está representado en cientos de placas y ofrendas.

Aclamado con pasión por multitudes en las dos décadas que antecedieron al fatídico accidente de Medellín en 1935, la vigencia de Carlos Gardel hasta nuestros días reafirma la convicción de que cada 24 de junio, más que evocar su muerte, se conmemora un año más de su mítica presencia.



Hugo Gregorutti

Creador de un género que inventó de la nada: el tango-canción; intérprete eficaz de una veintena de otros ritmos; con más de 1500 grabaciones en sistema acústico y con los primeros micrófonos; compositor de unos 30 temas de singular belleza melódica; protagonista de 20 películas —entre mudas, sonoras y cortos—; precursor del actual videoclip; figura de interminables giras por América y Europa con miles de presentaciones en los más diversos escenarios, entre tantos atributos más, forjaron la leyenda del insuperable cantante de tango, latín lover, playboy, galán. En síntesis, Carlos Gardel.
Un caso irrepetible en el mundo del arte popular, inspirador de una reflexión que sólo cabe a una figura de tal dimensión: “Los 24 de junio no se conmemora la muerte de Carlitos sino el nacimiento del mito gardeliano”. La frase entrecomillada pertenece al artista chileno Jorge Alis, organizador de las celebraciones anuales en el país trasandino. Parafraseando, El Mito estaría cumpliendo el próximo domingo 72 años.

NADA SIN HACER. Gardel es aquel que llevó el tango desde los suburbios rioplatenses hasta Nueva York, previa escala en los Campos Eliseos parisinos. Es también símbolo del amor al turf y del éxito irresistible con las rubias platinadas de los Años Locos (período entre las dos guerras mundiales), y conquistador de la devoción popular que le acreditó decenas de sobrenombres, algunos superlativos, otros irónicos o poéticos. Las leyendas tienen todo permitido.
Pero es también la pasión de coleccionistas; la caricatura permanente rodeada de filigranas en vehículos que circulan por Buenos Aires y otras ciudades; el furor vigente del tango en Bogotá —ciudad donde cantó por última vez—, y es la imagen del playboy protohistórico enfundado en smoking, con cigarrera de oro y bebiendo champagne.
Además es la sonrisa interminable que, como dan prueba sus fotos, esgrimía a cada momento y que no logró borrar la muerte en el choque de dos trimotores, en un precario aeródromo rodeado de maizales en Medellín. Sonrisa que los dibujantes siguen agrandando cada año un poco más, tanto como crece la polémica sobre si nació en la sureña ciudad francesa de Toulouse o en la rural región uruguaya de Tacuarembó.
No le faltó nada, hasta en la desgracia, para seguir siendo idolatrado. La muerte imprevista en la cúspide de su fama, con la voz y estampa intactas, le ahorró la lenta decadencia de la vejez y lo fijó en la memoria colectiva en su mejor momento.

EL PLAYBOY. Su vida sentimental fue pródiga en romances con artistas, madamas o mujeres aristocráticas. Cristina Chichita Razzano, hija de José Razzano —ladero en el famoso dúo—, relató una rica historia en Francia. “Gardel tenía una amante millonaria, una norteamericana que pasaba sus temporadas en la Costa Azul todos los años. Le hacía regalos muy costosos, hasta un auto con las letras de sus iniciales en oro. También una cigarrera de oro inicialada con brillantes y que está en poder de un coleccionista”.
Otro sonado romance fue con Mona Maris (compartieron películas), argentina que fue estrella en Hollywood, donde actuó junto a Cary Grant y Humprey Bogart. A los 83 años reveló intimidades: “Gardel era un ser encantador y muy buen mozo. Me sentí muy atraída por su personalidad y creo que a él también le impactó la mía. Era muy respetuoso de las mujeres, nada agresivo en el terreno del amor, pese a que todas lo perseguían”.
Eduardo Morera, primer director que tuvo El Mudo en el cine sonoro, decía que “si Gardel le hubiera dado corte a todas las mujeres que lo acosaban, su vida hubiera sido muy corta desde el punto de vista físico”.

FANATISMO. Otra pasión que marcó la vida social de Gardel fueron las carreras de caballos y su correlato del poco apego a amarrocar dinero. En 1926 confiaba a un diario español. “He ganado y gano mucha plata, pero todo se me va. Me gusta vivir bien. Me gusta la bohemia dorada, ser generoso, el cabaret, las mujeres bonitas... y ¡las carreras de caballos!”.
En la Argentina tuvo varios pura sangre, pero en especial un alazán tostado al que llamó Lunático, que acariciaba y le ofrecía azúcar. Un testigo de la época aseguró que “cuando el caballo estaba muy inquieto, los cuidadores lo llamaban por teléfono y llegaba al stud para cantarle hasta que conseguía calmarlo”.

INCOMPARABLE. Musicalmente, el canto de Gardel era de una inflexión intransferible, debido a su cálido y diferenciado timbre vocal de barítono. Ostentaba una impostación natural impecable y todas sus notas eran llenas y parejas: la música y la palabra formaban una unidad indestructible. Fue creador y vanguardista; manejó el fenómeno comunicacional como pocos pudieron hacerlo, pese a la precariedad técnica de su época. Supo alterar el lenguaje procaz y limitado del argot porteño a la pureza romántica que interpretaba —sin excepciones— por todo el mundo.
Por siempre su voz se repite a cada momento en millones de discos, que de la pasta original y de las 78 rpm, fueron pasando al vinilo, la cinta de cassette y el audio digital. La imagen de Carlitos revive en la reposición de sus películas en cine, en VHS o DVD y en canales de televisión por cable y aire. Su vivencia ya superó las siete décadas tras la desaparición física. ¿Habrá otro igual?

Datos importantes

Fervor místico: La tumba de Carlos Gardel, en la Chacarita, es un sitio de peregrinaje ininterrumpido, de veneración casi religiosa, al igual que los museos que tiene dedicados en varios países. Una silueta enorme en bronce, ataviado con su típico frac y un cigarrillo, emerge de la modesta bóveda en el enorme camposanto de 95 hectáreas. Latinoamericanos, europeos y hasta japoneses peregrinan allí. Es atracción turística, fervor místico y, como si se fuera referente de alguna religión idólatra, le piden favores y hasta dejan ofrendas. Se pueden leer, en plaquetas o graffitis, leyendas como estas: “Gracias Carlos por el favor recibido para mi sobrino” (Raúl). “Carlitos, hacé crecer mi pelo” (Anabel).
En el exterior: En la colombiana Medellín, hay un museo montado alrededor de una silla de barbería, en la que fue atendido. “Aquí Gardel es una religión, una fe, que se vive intensamente”, señala Edgardo Nieto, responsable de la Casa Gardeliana. En Santiago, Viña del Mar y otras ciudades chilenas, se realizan cada año, durante todo junio, festivales en homenaje al cantor, con una particularidad: no se conmemora la muerte sino el nacimiento del mito gardeliano. Uruguay es un caso muy particular; en Montevideo una radio AM trasmite seis horas diarias —en 12 bloques— únicamente grabaciones de Gardel. Repertorio limitado a las 400 grabaciones de mejor calidad técnica, que se repite hace más de 40 años. Y Tacuarembó, localidad que reivindica ser cuna de El Mago, tiene un canal de TV por cable llamado nada menos que Telegardel.
El músico director: El día anterior a la fecha gardeliana, se cumplirán 110 años del nacimiento —ocurrido el 23 de junio de 1897 en el porteño barrio Balvanera— de Terig Tucci. Fue director de la orquesta que acompañó a Gardel en las épicas grabaciones de su última etapa de cantor y en las películas que filmó en Nueva York. Además, compuso temas rítmicos para su repertorio, como Los ojos de mi moza, Sol tropical y los tangos Noche estrellada y Recordando. Murió en Estados Unidos el 28 de febrero de 1973.

Homenaje en Paraná

Este sábado 23, en el local de la Asociación Tradicionalista Entrerriana de la Bajada, Alem 587, se recordará a Carlos Gardel con una función musical a cargo del cantor y difusor local del tango, Jorge Pérez. Hará una referencia a la vida y obra del Zorzal y luego, acompañado por las guitarras de Carlos Farías y Luis Sánchez y el piano de Alejandro Sánchez, interpretará tangos y valses del repertorio gardeliano, en tanto que el trío ofrecerá temas instrumentales. La invitación es para todo público y la finalidad es disfrutar de una amena reunión familiar en homenaje al más grande exponente de la canción nacional.

Don Carlos
Milonga

Milagro taura del tiempo
que no te aplicó sentencia
sos inventor de la ciencia
de mantenerse primero
por tu don arrabalero
de jugar sin la pelota
sos trompa de una patota
que le afanó el alma al barrio
estás en el calendario
y en cada vuelta de copas.

Don Carlos y niente piú,
que zorzal
ni que ocho cuartos
ligador en el reparto
de la eterna juventud
como el flaco allá en la cruz
perdonaste a esa gilada
con tu sonrisa pintada
en un bondi trasnochado
si hasta te baten “El mago”
por tu gola engalerada.

Que más te voy a decir
que ya no hayas escuchado.

Don Carlos les dio mancada
manga de giles de goma
que la papa se la coman
y que aguanten la tocada
de Pompeya a La Blanqueada
sigue copando tu amor
a los ratis del dolor
empaquetaste debute
don Carlos Gardel salute
por invicto y por mejor.

Letra y música: Raúl Castro, integrante de la murga uruguaya Falta y Resto.





lunes, 25 de junio de 2007

Alfredo Le Pera: el otro genio


Alfredo Le Pera: el otro genio

Mariano del Mazo
Los poetas lo ignoran o lo desprecian, pocos lo recuerdan, todos lo cantan. Alfredo Le Pera fue uno de los mayores letristas de tango pero el destino le reservó un lugar secundario, glorioso y sombrío al mismo tiempo.
No es un mal ejercicio volver a algunos tangos para degustar la perfección de sus versos. Por ejemplo, Soledad: Yo no quiero que nadie a mí me diga/que de tu dulce vida/vos ya me has arrancado./Mi corazón una mentira pide/para esperar tu imposible llamado./Yo no quiero que nadie se imagine/cómo es de amarga y honda mi eterna soledad... Son versos pensados, con sentencias dolidas (mi corazón una mentira pide) que no se correspondían con la vida real de su autor, una vida con algún descalabro amoroso pero laboralmente exitosa desde temprano. Le Pera inaugura el letrista profesional, el que se corre de la autorreferencia que, como en la mayoría de las expresiones populares, inspira credibilidad. Es el caso opuesto de Manzi (que hablaba sobre lo que conocía, las calles que caminaba en su infancia y adolescencia) y de Discépolo (que expresaba su pensamiento existencial).
Es cierto: provoca escozor constatar que las obras más famosas de Le Pera fueron hechas a pedido, con líneas argumentales supeditadas a ideas cinematográficas, con reglas claras para capturar el mercado hispanoamericano (no escribir en lunfardo, tender a un español neutro) que tenían como objetivo el lanzamiento de Gardel como estrella internacional. Volviendo al caso de Soledad por ejemplo, el tema fue grabado en Nueva York para la película El tango en Broadway. Todo era calculado: eran los balbuceos de la industria del entretenimiento tal como la entendemos ahora. Una anécdota de los primeros encuentros compositivos entre Gardel y Le Pera cuenta que el cantor se quejaba de que el letrista no "captaba su estilo". "Tenés que escribir a mi medida", le dijo Gardel. Le Pera tomó la queja con humor: "Carlos, vos no necesitás un letrista. Necesitás un sastre".
Hijo de Alfonso Francisco de Paula Le Pera, nació el 7 de junio (o el 4 o el 6 de junio, los datos se cruzan) de 1900 en Cidade Jardim, San Pablo, Brasil. Sus padres, inmigrantes del sur de Italia, quisieron "hacer la América" en San Pablo, aunque terminaron radicándose en el barrio porteño de San Cristóbal.
Hizo la primaria en la escuela Gervasio Posadas (ubicada, todavía, en San Juan entre Pichincha y Pasco) y el secundario en el Colegio Bernardino Rivadavia. Se recibió de bachiller, estudió Medicina hasta cuarto año y se dedicó al periodismo. Fue apadrinado por periodistas que tallaban fuerte en la época como Manuel Sofovich y Pablo Suero y trabajó como crítico en Ultima hora, La Nación, Noticias gráficas y El Mundo. Paralelamente escribía ficción y acumulaba prestigio en el ámbito teatral: firmó libretos y más de treinta obras, algunas estrenadas: Piernas de seda, Opera en jazz, La plata del bebé Torres, El gran circo político.
Era un joven talentoso y audaz. Lector ferviente de los poetas modernistas hasta la cita o el plagio (La amada inmóvil de Amado Nervo, 1915, tiene el poema que dice El día que me quieras tendrá más luz que junio; / la noche que me quieras será de plenilunio,/ con notas de Beethoven vibrando en cada rayo...) viajó a Francia en 1928 con el propósito de adquirir los derechos de obras teatrales y se radicó en París.
En 1932 ocurrió el encuentro con Gardel. La Paramount notaba dificultades argumentales en algunas películas de Gardel y pensó en Le Pera para que se hiciera cargo de los textos, tanto de los guiones como de las canciones. Así ocurrió: Le Pera se ubicó dócilmente en las sombras del ídolo y se transformó en una febril máquina de escribir. La historia es conocida: películas olvidables con canciones inolvidables; más que inolvidables, perfectas. Una treintena de piezas junto a Carlos Gardel de una inspiración inusitada.
Lo dijo Aníbal Troilo en 1970: "Gardel era un tipo muy inteligente. Y un síntoma de esa inteligencia es haber recurrido en el exterior a una pluma como la de Alfredo Le Pera. Estaba solo, rodeado de franceses primero, luego de norteamericanos. Esa gente podía perderlo. Los dos hacen una trampa portentosa: conservan lo nuestro en un ambiente completamente extranjero".
Esa "trampa portentosa" arrojó un repertorio elegante, sentimental y sin fisuras y cristalizó una dupla compositiva que traspasó la historia del tango y que, dentro del género, está ahí, al nivel de duplas memorables como Blomberg-Maciel, Aieta-Giménez, Cobián-Cadícamo y Troilo-Manzi.
(Cortesía de Clarin.com. Argentina)

miércoles, 13 de junio de 2007

Don Carlos llegó sin regreso


Manos en el fuego

Don Carlos llegó sin regreso

Jaime Jaramillo Panesso

Con rigurosos vientos venidos de todos los costados, llegó Ud. Don Carlos Gardel a Medellín, el 10 de junio de 1935. Vino de la calurosa costa norte colombiana y el sudor grueso le hacía mal para su presentación personal que tanto cuidaba: la corbata, el nudo bien proporcionado, el vestido con pocas arrugas, los zapatos brillantes, el sombrero impecable y ladeado. Toda una pinta bacana, Don Carlos.

Corrieron los curiosos para verlo al aeroparque Olaya Herrera. Las muchachas más despejadas del lugar también. Tuvieron que ir hasta el corregimiento de Guayabal, en donde estaba el paraje Las Playas, como denominaban el campo de aviación. Algunos lo hicieron en automóviles propios y otros en taxis que aparcaban en la Plaza de Berrío. Los hombres usaban sombrero, muchos jovencitos y niños caminaban descalzos por las calles semiempedradas. Usted llegó con sus guitarristas, su secretario y varios amigos que formaban la tropilla. Inclusive mis paisanos creían que lo acompañaba una orquesta, pues así lo anunciaba la prensa escrita, días anteriores. Pero el tango en su voz estuvo acompañado, la mayor parte de las veces, por guitarras, esas que Usted rasgaba no muy bien que digamos. ¡Ah! Pero traía su voz, la que aprendió de Caruso y Titta Ruffo a situarse en la garganta para la mejor canción.

Ese 10 de junio no se imaginó que quince días después se formara una nube en el cielo para dejarlo a Usted allí colgado para siempre, mirando el Valle de Aburrá. Tampoco se imaginó que aquí quedaría su cepillo de dientes retorcido y chamuscado. Y que el reloj apachurrado, recogido entre los escombros, de Alfredo Le Pera, marcara las tres y diez de la tarde.

Le gustó la habitación del Hotel Europa donde se alojó. ¿Recuerda la sorpresa que le produjo el comino crespo del escaparate y cómo era de chico el espejo en donde no alcazaba a reflejarse toda su figura antes de salir a la calle? Lo que no le gustó fue el licor nativo. Apenas si probó un poco de aguardiente de caña gorobeta. Al fin y al cabo Usted tomaba, en pequeñas cantidades, vino y algo de brandy para aclarar la voz. Encontrarse ese licor blanco como la grapa, no le causaba el mejor de los placeres.

Después las visitas de sus admiradoras en la puerta del hotel sobre la carrera Junín, esa callecita estrecha, con vitrinas de almacenes que ofrecían paños ingleses, letines holandeses, hojaldres de Cartago, coletas y percal de la Fábrica de El Hato. Entonces Usted les firmaba autógrafos, con su pluma fuente y la sonrisa eterna repartida a puñaditos.

Tarareaba en la ducha sus canciones, para mejor expresarlas en la función de la noche. El Circo Teatro España, situado en la parte baja del barrio Boston, por la carrera Girardot al cruce con Caracas, era el lugar apropiado, con una cabida máxima de cinco mil personas: palcos a un peso, luneta a sesenta centavos y galería a veinte. Se debía llenar a reventar, pero no fue así. Peor aún en la segunda noche porque llovió. Los medellinenses saben de las aguas intempestivas de junio en lugares destechados y prefirieron no ir. Así que se quedó un día más.


Anduvieron de prisa lo que fueron a verlo y cruzaron los jardines del Circo Teatro España, mientras comentaban, con sarcasmo, los malos tragos del alcalde municipal, Don Jorge Hernández. Llegaron los comerciantes de la plaza mayor y de San Benito, las verduleras del barrio Guayaquil, los obreros del tranvía eléctrico, los trabajadores de la empresa de electricidad, las obreras de las trilladoras de café y de las panaderías, los artesanos del oro, del cuero, los sastres, los talabarteros, los carpinteros y algunos músicos de la calle Guanteros. También asistieron los primeros profesionales universitarios, algunos empleados del gobierno y varios policías que por aquellos tiempos lucían su dotación de polainas de cuero.

Lo demás ya lo sabemos, Don Gardel. Con su vocación de cigarra, con su clavel del aire, con su barrio plateado por la luna, y con su sentir que es un soplo la vida, la muerte lo atropelló con un accidente de motores aéreos, de gasolina inflamable. Antes estuvo en Bogotá donde cantó sus últimos tangos. Volvió una tarde de paso hacia Cali, para entrar, borracho de emoción, “al territorio del mito donde vagan los dioses desterrados”. Obvio Don Carlos que nadie lo llora. Basta ver sus teclas dentales y su cabello lustroso como un piano de cola para compartir el gallardo laberinto de su canto encantado. Lo sabemos mejorado del resfriado. Lo vemos mano a mano jugando con las cuerdas vocales en el encordado de una guitarra que se liga a la queja de un bandoneón. De un bandoneón cremado en la canción de la ciudad.

(A los organizadores y auspiciadotes del Festival Internacional de Tango Ciudad de Medellín)

miércoles, 6 de junio de 2007

Suena, tango compañero



Suena, tango compañero
Jesús Vallejo Mejía

"El Mundo Semanal" ha queri­do asociarse a la celebración del cincuentenario de la muerte de Carlos Gardel convocando este foro para discutir sobre lo que repre­sentan el zorzal criollo y el tango para la gente de hoy y cuales pueden ser los pronós­ticos sobre su vigencia para el futuro próxi­mo. A fuer de gardeliano y tangófilo impe­nitente, se me ha solicitado hacer una pre­sentación de los temas principales que podrían ser objeto de análisis en esta opor­tunidad.
El primero de ellos se refiere, obviamente, a la cuestión de por qué gastar tiempo ocu­pándose de un cantor popular y de un géne­ro musical que se sitúa dentro de lo que no sin displicencia suele denominarse el "arte menor", cuando hay tantas otras cosas im­portantes que requieren atención. Antici­pando algunas opiniones que seguramente abonarán los interlocutores de este foro, hay que observar que el hecho de que un cantante popular y el género que él cultivó más asiduamente hayan mantenido vigen­cia por más de medio siglo en el mundo lati­noamericano, constituye un indicio signifi­cativo sobre el modo de ser de nuestra gen­te, que se identifica en buena medida con aquéllos. De esa manera, explorar estos te­mas conduce a inquirir sobre la sensibilidad y las actitudes vitales de nuestro pueblo. Este planteamiento da lugar a otro: ¿qué explica la vigencia de Gardel y el tango? No ha faltado quien diga que el mito garde­liano es hijo de la manipulación publicita­ria, de suerte que sin una hábil promoción de su figura por las casas cinematográficas y las disqueras, hace años que Gardel habría pasado al olvido. Habría así una in­dustria del mito, promotora del llanto co­lectivo, interesada en extraer jugosos divi­dendos de la sensibilidad popular y la cursi­lería de la gente común. Sin negar lo que puede haber de cierto en estas apre­ciaciones, el hecho de haber resistido a la fugacidad de las modas por tanto tiempo sugiere que esa vigencia se funda en algo mas serio que una confabulación de intere­ses comerciales. Algo hay en el producto y en sus consumidores que sirve de sustento a relación tan prolongada. Al hablar de la vigencia de Gardel y del tan­go se hace necesario distinguir lo uno de lo otro. En efecto, a pesar de la compenetra­ción tan intensa que ha habido entre la can­ción ciudadana y su máximo intérprete vo­cal, existen diferencias notables entre el fe­nómeno tango y el hecho gardeliano. El tango se popularizó inicialmente como una danza que a príncipes de siglo se veía como algo exótico y audaz. Ello explica que los primeros tangos famosos lo fueran por su música y que antes de que hubiera canto­res célebres ya existieran las orquestas típi­cas, basadas en el esquema de cuerdas, ban­doneones, bajo y piano. De esa suerte, el tango instrumental ejecutado por con­juntos característicos que lo fueron refinan-do hasta el punto de hacerlo apto no sólo para el baile sino para la audición musical, explica en buena medida la permanencia del género, que se vio afianzado por la feliz combinación que principalmente en las dé­cadas del 40 y del 50 se dio entre orquestas típicas y cantantes, con binomios que ya son legendarios: Troilo-Fiorentino; Di Sarli-Rufino; D'Agostino-Vargas; Tanturi-Castillo; Caló-Iriarte; Demare-Berón, etc...

Gardel Folclorísta
Por otra parte, Oardel no fue únicamente un gran cantor de tangos, así se lo llamara internacionalmente "el rey del tango". También fue un excelente folclorista, bien haciendo dúo con José Razzano o corno cantor solista. El género "criollo", integra­do por zambas, vidalitas, tonadas, estilos, cifras, gatos, triunfos, cuecas, chacareras o valses, predominó en su repertorio hasta el año de 1922 y siempre estuvo presente en sus actuaciones. Un buen tema a discutir es precisamente el de la importancia de Gardel en la música folclórica argentina, en la que dicho sea dé paso gustaba, más que en el tango, de lucir su virtuosismo canoro. Por otra parte, en sus últimos años quiso pro­yectarse como cantor internacional, por lo que grabó varios discos con canciones fran­cesas e incluyó en sus películas rumbas, val­ses y canciones melódicas, fuera de que su repertorio tanguístico adoptó un sabor que desbordaba el localismo porteño. Bueno es observar que antes de Gardel hu­bo otros cantantes de tango, pues su identi­ficación con el género sólo se hizo patente en 1923. Así mismo su reinado no fue exclusivo y tuvo que compartir laureles con Ignacio Corsini y Agustín Magaldi, entre otros. Sin embargo, el modo gardeliano es el que mayor influencia ha tenido en la interpretación vocal del tango y vale la pena señalar cuáles fueron sus característi­cas sobresalientes.
A Gardel se le oye todavía por la calidad de su voz y por la riqueza de su temperamento artístico, amén de su atractiva y diríase que arrolladora personalidad. Estaba dotado de un vigoroso registro de barítono brillante, capaz de cubrir dos octavas y de pasar fácil­mente de los tonos agudos a los graves sin perder afinación. Su estilo era sobrio, di­recto y expresivo; su canto fluía espontáne­amente y se amoldaba a las exigencias de los argumentos de sus letras, tratando de manifestar a cabalidad la intención de cada una de ellas. Podía ser entonces sentimen­tal, dramático, festivo, amoroso, arrabale­ro, doliente, reflexivo, irónico, eufórico, vehemente o compasivo, según conviniera al texto a interpretar. La versatilidad es un de los secretos de su éxito. Otro, su buen gusto musical, lo que le ha permitido afir­mar a Piazzolla que a Gardel se le podrá es­cuchar siempre, a pesar de la deplorable ca­lidad de muchas de las letras que cantaba. Y esto plantea un tema que puede constituir el fondo del debate: ¿cuál es el mensaje que transmiten las letras de tango? ¿qué sentido tiene lo que han cantado Gardel y sus seguidores? ¿Qué valor asignarle a la expre­sión literaria del tango? ¿Qué puede decirle a la gente de hoy?

Tango y metafísica
Esto ha dado lugar a las más encontradas polémicas. Para unos, los tangos no dejan de ser "casos de policía con letra", lamen­tos cobardes, torrentes de cursilería. Un so­ciólogo argentino se dedicó alguna vez a analizar el mundo de las letras que cantaba Gareleí y se encontró con que ahí predomi­naban los temas canallescos, las actitudes cínicas y amorales, las historias de rufianes, hampones y mujeres de vida airada, etc... Sin embargo, un intelectual de la talla de Ernesto Sábato ha señalado que esos humil­des leírislas de tango "hacían metafísica sin saberlo", al tocar temas como la soledad, la frustración, el desarraigo, el sino, la fugacidad de la vida, la disolución que opera el tiempo, etc... Por eso un estudioso del género. José Gobello, observa que la gente común se ha identificado con los personajes de los tangos no por lo que ellos hacen, que desde luego no coincide con lo que a cada uno de nosotros nos pasa, sino porque en los tangos se narra la pugna del ser humano con su destino. Es gente que, como en el tango de Discépolo, "lucha y se desangra". Contra la idea de que los sentimientos que excita son ruines y mezquinos, Aníbal Troilo, que para no pocos es a la música lo que Gardel para el canto, afirmaba que en el tango predominan la nostalgia y la ternu­ra, lo que le confiere entonces un valor per­manente.
Aceptando que se trata de literatura popu­lar, que no puede ser juzgada a la luz de cá­nones rigurosos, cabe decir que el tango ha adoptado un modo de expresión peculiar, a la vez intimista y descriptivo, un lenguaje que combina lo poético con lo prosaico y, sobre todo, ha creado un mundo del que di­jo Borges en alguna ocasión que podría ca­lificarse como una comedia humana en to­no menor. Los actores, los escenarios y la trama de esa comedia, así como la forma como se la ha relatado, pueden dar pie para muchos análisis. En general se considera que es un retrato burdo y pintoresco de cierta época de Buenos Aires, su gente y sus contornos. Ese "mundo de tango" merece consideración especial, asi sea únicamente por su originalidad y su variedad. Pero aquí debe uno preguntarse no sólo si es cierto que expresa una concepción de la vida de la gente sencilla, sino sobre tas pautas que les ha brindado a sus oyentes para interpretar sus propios problemas vitales. El tango es confidente; muchos se identifi­can con él. Pero también cuenta historias y da consejos, lo que conduce a que haya quienes miren la vida con el lente que aquél les brinda. La calidad de ese compañero, es desde luego, tema de discusión.

Los ecos del tango
Otro tema importante, para terminar, es el de si el tango y, concretamente, Gardel, pueden seguir diciendo algo para la gente de hoy. ¿Cuál es la actualidad de su mensa­je, fuera de servir de testimonio del pasa­do? Es evidente el contraste del tango, en sus letras, en su música o en sus expresiones vocal y coreográfica, con el mundo de la música popular actual. Ha habido cierta­mente intentos de aproximación e integra­ción entre esos dos mundos, como lo muestra, por un lado, Astor Piazzolla y, por otro, Susana Rinaldi. Pero la objeción se alza de inmediato: lo que ellos hacen no es tango sino música del Buenos Aires de ahora: Yo me siento tentado, sin descono­cer sus grandes méritos, a avalar esa obje­ción. Está bien lo de Piazzolla y la Rinaldi: es novedoso y original, condescendiente con lo de hoy que es el rock y la balada; es música de una ciudad congestionada y febril. Pero ya no es la voz de ese "hijo ma­levo, tristón y canyengue que nació en la miseria del viejo arrabal". El tiempo de esa voz ya no es el nuestro; sin embargo, sus ecos perduran porque es "como un beso prolongado que viene del corazón".
El Mundo, 15 de Junio de 1985. Medellín









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martes, 29 de mayo de 2007

Gardel - Marta Minujin











Marta Minujin
Dice en Página/ 12:
"En la IV Bienal de Medellín de 1981 armé un Gardel de 14 metros relleno de algodón y lo quemé. En Colombia gané muchísima plata. Había dinero negro. Me pagaron cien mil dólares por esculturas. Y me compré una casa que antes era de mi abuelo y queda en Humberto Primo y Sarandí".

UNA VOZ QUE SE APAGÓ EN LAS LLAMAS






José Zuleta Ortiz

El 24 de junio de 1935 también fue mi último día. Recuerdo que esa mañana fresca y luminosa tenía una cita con Fernando González en la Librería Dante para recoger unos libros, más precisamente los Ensayos de Montaigne, que habíamos pedido a la Editorial Garnier Hermanos de París. Cuando llegué, Fernando ya estaba ojeando uno de los tomos. Al verme, y a modo de saludo, me leyó: «El placer y la dicha no se disfrutan careciendo de espíritu y de vigor».
—Al fin un poco de sabiduría para esta ciudad beata y frívola— dijo, abrazando el libro contra su pecho y riendo con malicia. Reclamé mis ejemplares y salimos de la librería.
Subimos por la calle Maracaibo hacia el barrio Prado. Hablamos sobre la intención que tenían algunos comerciantes de convertirse en jueces y otras barbaridades y ocurrencias de los ricos de Medellín. Cuando llegamos a la calle Cuba nos despedimos, pues Fernando tenía que ir a ayunar y yo a almorzar. Cruzó la calle con su cuerpo ágil y delgado y me miró desde el otro lado con esa mirada de santo casi eterna. Fue la última vez que lo vi.
Almorcé temprano en casa de Paulina y recogí las maletas y los encargos y mandamos a buscar un carro para que me llevara al campo de aviación. Al rato oí al muchacho de los mandados gritando: «¡Doctor, doctor, el carro, ya viene el carro!» Subimos las maletas y tomamos el camino de Las Playas hacia el campo de aviación de Guayabal. Cuando estábamos llegando vi mucha gente que se dirigía hacia el aeródromo y le pregunté al chofer qué pasaba.
—No, doctor, es que Gardel va a hacer una escala en Medellín y usted sabe... él estuvo aquí hace diez días y fue sensación... la gente que es novelera, doctor.
El carro me dejó enfrente del casino de SCADTA, y pude ver que en el campo ya venía el avión con sus tres motores encendidos carreteando hacia el casino. Bajé las maletas con la ayuda del chofer y entré en el cobertizo. Había poca gente, entregué el equipaje y me dirigí a la barra. Ofrecieron cerveza negra alemana y acepté con gusto. Oí el ruido de otro avión que aterrizaba, la gente comenzó a correr hacia la baranda que hay frente a la pista, el avión se detuvo frente al casino de la SACO que estaba a unos 50 metros del nuestro.
Se abrió la portezuela y comenzaron a bajar los pasajeros, están muy sonrientes, parecen felices. Aparece en la portezuela del avión Carlos Gardel. Se quita el sombrero gris claro con cinta azul oscura y saluda al público que le aplaude, lleva un traje oscuro y una corbata azul clara y en el bolsillo de la chaqueta un pañuelo blanco de seda. Se dirige hacia el interior del casino y las gentes dicen vivas y le quieren saludar pero él desaparece rápidamente dentro del casino.
—Buenas tardes, doctor— me llama con el extraño acento gutural de los alemanes el copiloto Hartmann Furst, con quien había conversado en otros vuelos.
—¿Cómo están hoy las cosas?— le pregunto.
—Pues muy molestos por la disputa con el señor de la SACO que ha publicado un aviso en el periódico para humillarnos a Thom y a mí, por habernos quitado a Gardel como cliente.
Recordé que durante el último mes las disputas por los pasajeros entre las dos compañías habían sido bastante agresivas y que en Bogotá, el día que venía para Medellín, los dos pilotos se fueron a las manos y se prometieron venganzas que yo no pude entender. Pensé que peleaban por nosotros los pasajeros, pero no estoy seguro.
Gardel salió del cobertizo y levantó un vaso de cerveza para saludar a los admiradores que le hacían vítores. Tenía el sombrero puesto, apoyaba la mano en el hombro de un amigo. Don Jorge Moreno se me acercó y me dijo:
—¡Qué envidia! Ah bueno ganarse uno la vida cantando por el mundo y rodeado de admiradoras y amigos y vivir en una sola fiesta como ése.
—Quién sabe— musité sin pensar. Hartmann se acercó y nos invitó a subir al avión. Al salir del cobertizo el viento arrancó de un golpe el sombrero de don Jorge quien tuvo que salir corriendo tras de él. Subí al avión y me senté en el puesto inmediatamente posterior al piloto para poder ver las maniobras y la manera como lo manejan. El asiento es de mimbre, no muy cómodo, «pero no transmite la vibración de los motores», me explicó Hartmann una vez. Don Guillermo Escobar y don Jorge Moreno se sentaron frente a mí y un míster que no conozco también se subió con ellos, debe de ser otro alemán... se están adueñando de todo.
Vi por la ventana que el avión de Gardel también estaba listo para salir y alcancé a distinguir al jefe de tráfico colgado de la portezuela gritando. Thom y Hartmann aceleran los motores y el avión hace un estruendo que parece que se va a desintegrar, pero yo no me preocupo pues Hartmann me dijo que cada avión tiene como trescientos mil tornillos. El avión se mueve hacia la pista unos pocos metros y luego se detiene.
Thom y Hartmann hablan en alemán o, mejor, gritan para poder oírse. Pensé que ese idioma es muy apropiado para gritar. Mueven algunos botones y esperan, don Guillermo está rezando en silencio para que nadie sepa que tiene miedo. El botones nos ofrece algodón para los oídos. El avión de Gardel llega a la cabecera de la pista y gira hacia la recta. Adentro los que temen callan y Gardel les hace bromas sobre su cobardía. También él tiene miedo. Ernesto Samper, el piloto de la SACO, está pletórico de soberbia; lleva al cliente más famoso de los últimos tiempos y sólo hace dos días que se lo quitó a su enemigo. Pone a rugir los motores de su F.31 y toma la pista para despegar a toda marcha. Gardel se seca el sudor con su pañuelo de seda blanca.
En medio de la soberbia Samper quiere hacerle una gracia al ridiculizado alemán y desvía el avión para pasar rasante sobre nosotros y hacernos dar un susto; veo venir el avión volando a baja altura y confío en que pueda elevarse. Thom y Hartmann miran paralizados y el avión se incrusta en el nuestro.
De pronto todo fue fuego, todo crujía y estallaba. En el incendio también crepitaban dentro de los estuches las guitarras. Bajo los pies del masajista y con el primer estruendo salió de la caja en donde se guardaban los perfumes y la gomina de Gardel un agradable olor a lavanda. Los sombreros de fieltro franceses con sus cintas de seda china se encendieron, las cartas y los contratos, que Gardel guardaba en un portafolio de cuero verde, se encogieron sobre sí y las letras perdieron su forma y su sentido antes de ser fuego. La caja de discos y la copia de El día que me quieras, que iban en la bodega con el equipaje, se derritieron y se volvieron goteras negras y chorritos de llamitas amarillas. Su voz se apagó en las llamas y toda la pulcritud que había reinado siempre en su vida estaba retorcida, chamuscada y deshecha por la furia insensata de la competencia. Yo también morí esa tarde. En adelante todo fue reducido a ceniza, a incertidumbre y desde aquí, desde donde escribo, puedo decirles que del luto al mito hay un minuto.
Era la voz de Estanislao Zuleta Ferrer, en las manos de José Zuleta Ortiz
ADDENDA
"Bogotá, 20 de junio de 1935
La gira va rumbo a su fin y ya es hora. La semana que viene salgo para Panamá y en los primeros días de julio estaré en La Habana, a donde te pido me escribas. Aquí en Colombia la plata no abunda, pero de todos modos los teatros se llenan. El recibimiento en Bogotá fue increíble. Al llegar el avión, la gente se precipitó sobre él y el piloto tuvo que dar media vuelta y rumbear para otro campo de aterrizaje para que no se produjera una tragedia. La tragedia se produjo lo mismo. A un turro que tengo empleado le robaron una cartera con unos mangos de mi pertenencia... Ahora la vamos viajando en avión y ya te imaginarás el fierrito de los guitarristas... elogian la comodidad y la rapidez del avión, pero no ven la hora de largar. Hay que ver las risas de conejo de todo el personal cuando se meten en los trimotores... Saludame a todos los tuyos, a los buenos amigos. Antes de salir de Panamá te escribiré otra vez. Espero noticias tuyas en Cuba. Un gran abrazo, querido viejo... Carlos"

viernes, 4 de mayo de 2007

Que cien años no es nada


Que cien años no es nada
Luciano Londoño López

Carlos Gardel ha sido, para los latinoamericanos, el primer artista popular de renombre. Un buen mu­chacho, poseedor de una extraordinaria voz, que ejerció y continúa ejerciendo una verdadera fascina­ción con su arte, su conducta renovadora, su tempe­ramento y su fisonomía, los cuales le abrieron una senda triunfal.
Fue Gardel el creador de la primera y única moda­lidad cantable básica del tango-canción, el cual, al escucharlo, produce efectos duraderos que ningún oyente puede olvidar.
Es difícil definir con palabras ese estilo que a Gardel reconoce como creador. Habría que hablar de cualidades que sólo pueden alcanzar un verdadero sentido mostrándolas -no demostrándolas- en el momento mismo de la interpretación.
Gracias al cine y la música grabada, Gardel no nos abandonará jamás. Y ahora, en 1990, a los cien años de su nacimiento, el mundo lo recuerda con múltiples homenajes y la permanencia de sus películas y can­ciones.
Sus inicios datan de 1910 ó 1911, en Buenos Aires. Su cualidad profesional más importante es su voz extraordinariamente grata, dulce y lírica. Era un don natural que él usaba sin afectación.
Fue un cantante nato. Interpreta­ba payadas y canciones camperas, con melancólica gracia, vibrando de emoción. Cantaba con un nuevo es­tilo, muy diferente a la elementalidad y rigidez de las canciones payadoriles y lo prosaico del tango hasta ese momento.
La gran mayoría de los cantores de tango, de una u otra manera, han adoptado, a su arte interpretativo, el modo que él tenía de cantar y de "decir" el tango, su vitalidad espiri­tual y su obra de precursor, las cua­les quedaron para siempre identifi­cadas con la canción ciudadana.
Gardel poseía la habilidad de mol­dear su voz de acuerdo a la canción que interpretaba.
La influencia de su personalidad nació con su advenimiento mismo y alcanzó a enriquecer todos los as­pectos del tango. Lo gustaba la fama, pero tomaba muy en serio su labor artística.
Sus orígenes nacional y familiar, y la fecha y lugar de nacimiento, son aspectos oscuros y contradictorios de la vida de Charles Romuald Gardés (verdadero nombre). Sin embargo un registro civil lo da como hijo de Berthe Gardés, nacido en Tolouse (Francia) el jueves 11 de diciembre de 1890
Poco se sabe de su infancia y adolescencia, las cuales transcurrieron en el barrio del Mercado del en Buenos Aires, a donde llegó con su madre marzo de 1893.
Su educación primaria, la única que llegó a tener, loen 1904, en el Colegio San Estanislao. Su lañaba el sustento como planchadora.
En su juventud fue muy conocido en los teatros, en donde tabajó como utilero e integrante de la tropilla Ghighlione, el más famoso "claqueur" del Aires de principio de siglo. Este hacia tratos con cantantes populares y de ópera, para garantizar­les un adecuado nivel de aplausos.
Se cuenta que, en 1908, Tita Ruffo escuchó la imitación que de él hacía Gardel y salió de su camerín a preguntar quién era ese joven.
Antes de cumplir veinte años, "El Morocho", como lo llamaban por aquel entonces, aprendió los prime­ros rudimentos del canto y del arte de pulsar la guitarra con el conocido payador uruguayo Arturo de Nava.
Al principio estuvo atraído por el folklor argentino y los payadores José Bettinoti, Gabino Ezeiza y Arturo de Nava, siendo este último su influencia más fuerte.
A fines de 1911 se produce su encuentro con el cantor José Razzano. A partir de 1913 se unen e inician un rápido ascenso hacia la popularidad.
En 1912 Gardel marcó un hito en su carrera artís­tica. Le pidieron que realizara 15 grabaciones de canciones folklóricas, acompañándose de su guita­rra, para el sello Columbía. Escuchadas hoy en día se percibe que, ya para esa época, el registro personal de Gardel era detectable.
Carlos Gardel debuta, en diciembre de 1913, con Razzano, en el Cabaret Armenonville, uno de los sitios más exclusivos del Buenos Aires de ese tiempo. Y para el año siguiente cantan, como parte de una compañía de teatro, en el Teatro Nacional. Haciendo parte de la misma compañía, viajan a Brasil en 1915. En el barco que los conducía iba también Enrico Caruso. Al oírlo, éste alabó profusamente el arte de Gardel y los invitó, a él y a Razzano, a que lo escucharan mientras ensaya­ba.
El tango argentino nació como una danza, aproximadamente, una década antes que Carlos Gardel, aunque existe incertidumbre respecto a sus orígenes precisos.
Al filo de! siglo la tradición musical del tango comenzaba a desarrollarse rápidamente. Las orquestas eran primitivas. Pre­dominaban los tercetos y cuar­tetos, conformados, según las circunstancias, por guitarra, flau­ta, violín, a veces piano y ban­doneón.
Tocaban en los cafés del ba­rrio La Boca, en donde la gente escuchaba la música más que bailarla. Varios artistas se hicieron famosos a principios de siglo cantando versos con música de tango. Sin embargo, el tango-canción como forma acabada no existía cuando Gardel y Razzano irrumpieron en la es­cena porteña. Aún no se habían escrito letras de tango que describieran una situación o contaran una historia. Todo esto cambió con el escritor Pascual Contursi, el cual empezó en 1915 a combinar melodías de tango con letras adecuadas, con valor propio.
El tango que más gustaba a Contursi era "Lita" del pianista Samuel Castriota. Escribió entonces unos versos para adaptarlos a esta melodía, los cuales describían las cuitas de un amante abandonado que bebía para olvidar sus penas en un cuarto solitario.
Es probable que, durante la visita del dúo a Monte­video en enero de 1917, Gardel viera la letra de Contursi para "Lita". Le gustó la canción y descubrió que le agradaba cantarla a sus amigos, aunque se apartaba de su repertorio normal. Gardel dudó antes de probarla en público. La decisión de cantar un tango,
ante su público amante de las can­ciones folklóricas, era difícil.
Gardel rebautizó la canción "Mi no­che triste" y la cantó una nochedel9l7, en una de sus ac­tuaciones como so­lista. Poco después la grabó y el disco salió a la venta en enero de 1918. La canción llegó a ser un éxito.
La popularización de "Mi noche triste" por Gardel se ha considerado un mo­mento decisivo en la historia de la músi­ca latinoamericana. puesto que fue cuando nació el tango-canción como tal.
La voz emotiva de Gardei y su profun­do sentido rítmico parecían hechos a propósito para esas canciones. Inadver­tidamente había creado un estilo para cantarlas. De mane­ra simultánea apa­recían autores con nuevas letras y, ade­más, encontraban compositores para acompañarlas.
Siguiendo los pasos de Gardel, otros cantantes argentinos pronto empezaron a cultivar el tango, puesto que se había operado un giro decisivo a favor del tango-canción, en el gusto argentino.
A partir de 1922, los tangos empiezan a ocupar un lugar prominente en el repertorio teatral de Gardel. De ese año en adelante sería, ante todo, un cantor de tangos. Quizá no se trató de una decisión consciente sino la aceptación natural de una promisoria y nueva forma musical, para la cual su voz resultaba ideal. Parejamente, alrededor de 1920, se observó un cambio notable en la calidad de la música de tango, cuando orquestas muy profesionales reemplazaron a los precarios tercetos y cuartetos de épocas ante­riores.
Al margen de su extraordinario talento, Carlos Gardel fue el hombre apropiado, en e! lugar apropia­do y en el momento apropiado.
En 1925, debido a problemas de garganta de Razzano, el dúo se disolvió. De ahí en adelante sería Gardel y sólo Gardel. Los cinco años que siguieron fueron decisivos en la consolidación de la fama de Gardel como cantor de tangos: de las 774 canciones que grabó, durante su carrera, 518 fueron tangos (67% de su producción).
Gardel fue el primer artista popular latinoamerica­no que cantó en varios idiomas (español, francés, napolitano, e inglés). Actuó en varios países (Argen­tina, Uruguay, Chile, Brasil, España, Francia, Esta­dos Unidos. Puerto Rico, Venezuela, Curazao, Aruba y Colombia) y ante grandes figuras de la política, la literatura y el mundo del espectáculo. Entre ellos se recuerda al Rey Alfonso XIII de España, Eduardo de Windsor (príncipe de Gales), Humberto de Saboya (príncipe heredero del trono de Italia), José Ortega y Gasset, Eduardo Marquina, Luigi Pirandelo. Jacinto Benavente, Salvador Dalí, Charles Chaplin, Maurice Chevalier, Bing Crosby, Enrico Caruso, Tita Ruffo, Miguel Fleta y ante los presidentes Gastón Doumergue (Francia), Marcelo T. De Alvear (Argentina), Gabriel Terra (Uruguay) y Juan Vicente Gómez (Venezuela).
Durante su estancia en Francia, años 1931 y 1932, filmó cuatro películas ("Luces de Buenos Aires", "Espérame", "La casa es seria" y "Melodía de arrabal"), época desde la cual empezó a colabo­rar con él, como argumentista y letrista de cancio­nes, Alfredo Lépera. Luego, entre mayo de 1934 y febrero de 1935, filmó cinco películas en New York ("Cuesta abajo", "El tango en Broadway", algunas escenas para el filme-revista "The btg Broadcast of 1935", "El día que me quieras" y "Tango Bar").
Anteriormente, en Buenos Aires, Gardel había participada en la película muda "Flor de durazno" (1917) y, en 1930 había filmado varios encuadres de sus canciones, con lo que se constituyó en el prime­ro que hizo un filme sonoro en Argentina,
A finales de marzo de 1935 inició su gira por La­tinoamérica, partiendo de New York comenzándola en San Juan de Puerto Rico y otras ciudades de allá, y siguiendo por Caracas, Valencia, Cabinas, Maracaibo, Curazao, Aruba, Barranquilla, Cartagena, Medellín y Bogotá.
El 23 de junio cumplió su actuación en el Teatro Real de Bogotá, El lunes 24, en viaje de esta ciudad hacia Cali, hizo escala el avión que transportaba a Gardel y su tropilla, en el aeródromo Olaya Herrera de Medellín.
Después de la acostumbrada espera, fueron lla­mados los pasajeros para recomenzar el viaje. Ya en la pista, a las 3:05 de la tarde, el avión se estrelló contra otra aeronave. Allí murieron el cantor y varios de sus acompañantes.

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Juan Camilo Uribe


Juan Camilo Uribe
Carlos Arturo Fernández

La desaparición de Juan Camilo Uribe (1945 - 2005) deja al arte colombiano sin una de las figuras más creativas, más sensibles e inteligentes de toda su historia.
Desde finales de la década del sesenta, cuando los más jóvenes artistas del país se dan cuenta de que es indispensable romper con los esquemas tradicionalistas y abrirse a las transformaciones vertiginosas que definen los procesos del Siglo XX, Juan Camilo Uribe descubre un camino muy original que le permite ubicarse en contextos de renovación estética permanente. Sin embargo, mientras muchos creyeron que la vinculación con lo contemporáneo se lograba al asumir unos lenguajes internacionales del arte, él comprendió que el punto de partida fundamental de la creación artística está, en todo tiempo y en todo lugar, en la reflexión sobre la propia cultura. Y en esa dirección desarrolló todo su trabajo, con la sabia sensibilidad de quien logra ser ampliamente universal porque es conscientemente local, y con la certeza de quien sabe que no hay qué buscar lo contemporáneo en formas exteriores. La obra de Juan Camilo Uribe revela su visión del arte como un proceso en el cual predomina el pensamiento. Pero, a diferencia de lo que ocurre en gran parte del llamado arte conceptual, que desarrolla la idea del arte como una filosofía especulativa o del lenguaje, Juan Camilo Uribe se dedica a poner en evidencia las implicaciones de la cultura popular: paradojas, prejuicios, contradicciones, tabúes, provincialismo, quizá mal gusto, pero también sabiduría ancestral, poesía, identificación de valores, humor, ternura y una belleza que solo es posible aquí, justamente porque corresponde a nuestras propias perspectivas. Por supuesto, no se limita a plantear un gesto anodino o decorativo sino que busca desencadenar una reflexión; y, por eso, la obra alcanza una dimensión de crítica eficaz, punzante, irónica, que nos obliga a pensar y que está presente, aun más allá de su realidad física. Juan Camilo Uribe se inscribe en la línea más viva de la cultura nacional y regional, junto a Fernando González, Gonzalo Arango, Manuel Mejía Vallejo y Oscar Jaramillo, por ejemplo: la de quienes no han querido exaltar falsos idealismos sino que han desnudado nuestros pensamientos. Podría pensarse en Juan Camilo Uribe como un artista irrepetible. Pero su obra está presente en el trabajo de muchos de nuestros mejores creadores.

Gardel - Joan Manuel Serrat


"Para mí lo hace todo bien"
Joan Manuel Serrat

Mi recuerdo de Gardel pasa por mi padre. Él siempre presumía de haberlo conocido cuando coincidieron una noche en cierto local bar­celonés famoso de esos años creo, cuando Gar­del hizo un par de viajes a Barcelona. El local se llamaba Can Pe-rel y estaba situado en la calle Escudi­llen que luego se convirtió en la calle de prostitu­ías más famosa de Barcelona, de las baratas claro, porque las caras siem­pre anduvieron por otros sitios. El local era lo que llamamos hoy café concert. de ese tipo.
Yo la verdad que me lo creí porque me lo contó mi padre que nunca me mintió, ni siquie­ra en cosas importantes, y de verdad que me parece fantás­tico imaginarme a mi padre ha­blando mano a mano con Gar­del, pero yo me lo creo por­que él me lo ha dicho. De Gardel es poco lo que puedo decir porque soy un absoluto ena­morado, para mí lo hace todo bien. Yo si tuviera que elegir los dos más grandes cantan­tes populares que escuché en
mi vida seguramente me quedaría con Carlos
Gardel y el francés Jacques Brel, sin duda. Son los dos que más me han emocionado can­tando en toda mi vida. Hay un fragmento de Cuesta abajo can­tado por Gardel que yo creo que es lo más perfecto que pueda escucharse, no se pue­de cantar mejor que eso. Soy incapaz de separar las cosas, como harían los críticos: para mí Gardel era el sentimiento, la voz, la interpretación, la emoción. El cantar para mí es una conjunción de todas esas cosas. Seguramente lo que menos me importa de un can­tor es la potencia de su voz, me importa mucho más el gusto, me importa mucho más el matiz que la fuerza. Pero es que en
Gardel coincidían todas estas cosas, y para mí, lo único que me falló es verlo en vivo en el escenario, eso debió ser algo formidable, porque verlo en las películas no es exactamente lo mismo.
Yo tengo los discos de Gar­del en 78, en 33 y hasta en discos compactos. No quiero exage­rar, pero creo que tengo abso­lutamente todo lo que se ha editado o gran parte de ello. Escucho siempre sus discos y le acompaño en casa. De tan­to oírlo ya sé donde se para, dónde arranca, dónde hace la inflexión de la voz. Soy un gardeliano auténtico y n o ha de ahora, creo que desde que mi padre me habló de él.
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Gardel - Julio Cortázar

Silla de barbería donde Gardel fue atendido por Don Julio Tobón en su visita a Medellín.

Gardel

Julio Cortázar


Hasta hace unos días, el único recuerdo argentino que podía traerme mi ventana sobre la rue de Gentilly era el paso de algún gorrión idéntico a los nuestros, tan alegres, despreocupado y haragán como los que se bañan en nuestras fuentes o bullen en el polvo de las plazas.Ahora unos amigos me han dejado una victrola y unos discos de Gardel. En seguida se comprende que a Gardel hay que escucharlo en la victrola, con toda la distorsión, y la pérdida imaginable; su voz sale de ella como la conoció el pueblo que no podía escucharlo en persona, como salía de zaguanes y de salas en el año veinticuatro o veinticinco. Gardel-Razzano, entonces: La Cordobesa, El sapo y la comadreja, De mi tierra. Y también su voz sola, alta y llena de quiebros, con las guitarras metálicas crepitando en el fondo de las bocinas verde y rosa: Mi noche triste, La copa del olvido, El taita del arrabal. Para escucharlo hasta parece necesario el ritual previo, darle cuerda a la victrola , ajustar la púa. El Gardel de los pickups eléctricos coincide con su gloria, con el cine, con una fama que le exigió renunciamientos y traiciones. Es más, atrás, en los patios a la hora del mate, en las noches de verano, en las radios a galena o con las primeras lamparitas, que él está en su verdad, cantando los tangos que lo resumen y lo fijan en las memorias. Los jóvenes prefieren al Gardel de El día que me quieras, la hermosa voz sostenida por una orquesta que lo incita a engolarse y a volverse lírico. Los que crecimos en la amistad de los primeros discos sabemos cuánto se perdió de Flor de fango a Mis Buenos Aires querido, de Mi noche triste a Sus ojos se cerraron. Un vuelco de nuestra historia moral se refleja en ese cambio como en tantos otros cambios. El Gardel de los años veinte contiene y expresa al porteño encerrado en su pequeño mundo satisfactorio: la pena, la traición, la miseria, no son todavía las armas con que atacarán, a partir de la otra década, el porteño y el provinciano resentidos y frustrados. Una última y precaria pureza preserva aún del derretimiento de los boleros y el radioteatro. Gardel no causa, viviendo, la historia que ya se hizo palpable con su muerte. Crea cariño y admiración, como Legui o Justo Suárez; da y recibe amistad, sin ninguna de las turbias razones eróticas que sostienen el renombre de los cantores tropicales que nos visitan, o la mera delectación en el mal gusto y la canallería resentida que explican el triunfo de un tal Alberto Castillo. Cuando Gardel canta un tango, su estilo expresa el del pueblo que lo amó. La pena o la cólera ante el abandono de la mujer son pena y cólera concretas, apuntando a Juana o a Pepa, y no ese pretexto agresivo total que es fácil descubrir en la voz del cantante histérico de este tiempo, tan bien afinado con la histeria de sus oyentes. La diferencia de tono moral que va de cantar "¡Lejano Buenos Aires, que linda que has de estar!" como lo cantaba Gardel, al ululante "¡Adiós, pampa mía!" de Castillo, da la tónica de ese viraje a que aludo. No sólo las artes mayores reflejan el proceso de una sociedad.Escucho una vez más Mano a mano, que prefiero a cualquier otro tango y a todas las grabaciones de Gardel. La letra, implacable en su balance de la vida de una mujer que es una mujer de la vida, contiene en pocas estrofas "la suma de los actos" y el vaticinio infalible de la decadencia final. Inclinado sobre ese destino, que por un momento convivió, el cantor no expresa cólera ni despecho. Rechiflao en su tristeza, la evoca y ve que ha sido en su pobre vida paria sólo una buena mujer. Hasta el final, a pesar de las apariencias, defenderá la honradez, esencial de su antigua amiga. Y le deseará lo mejor, insistiendo en la calificación:
Que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos,que te abrás en las paradas con cafishos milongueros,y que digan los muchachos: "Es una buena mujer".
Tal vez prefiero este tango porque da la justa medida de lo que representa Carlos Gardel. Si sus canciones tocaron todos los registros de la sentimentalidad popular, desde el encono irremisible hasta la alegría del canto por el canto, desde la celebración de glorias turfísticas hasta la glosa del suceso policial, el justo medio en que se inscribe para siempre su arte es el de este tango casi contemplativo, de una serenidad que se diría hemos perdido sin rescate. Si este equilibrio era precario, y exigía el desbordamiento de baja sensualidad y triste humor que rezuma hoy de los altoparlantes y los discos populares, no es menos cierto que cabe a Gardel haber marcado su momento más hermoso, para muchos de nosotros definitivo e irrecuperable. En su voz de compadre porteño se refleja, espejo sonoro, una Argentina que ya no es fácil evocar.Quiero irme de esta página con dos anécdotas que creo bellas y justas. . La primera es a la intención -y ojalá al escarmiento- de los musicólogos almidonados. En un restaurante de la rue Montmartre, entre porción y porción de almejas a la marinera, caí en hablarle a Jane Bathori de mi cariño por Gardel. Supe entonces que el azar los había acercado una vez en un viaje aéreo. "¿Y qué le pareció Gardel?", pregunté. La voz de Bathori -esa voz por la que en su día pasaron las quintaesencias de Debussy, Fauré y Ravel- me contestó emocionada: "Il était charmant, tout á fait charmant. C`était un plaisir de causer avec lui". Y después, sinceramente: "Et quelle voix".La otra anécdota se la debo a Alberto Girri, y me parece resumen perfecto de la admiración de nuestro pueblo por su cantor. En un cine del barrio sur, donde exhiben Cuesta abajo, un porteño de pañuelo al cuello espera el momento de entrar. Un conocido lo interpela desde la calle: "¿Entrás al biógrafo? ¿Qué dan?" Y el otro, tranquilo: "Dan una del mudo…"

París, mayo de 1953.


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La caravana de Gardel


Carlos Gardel de Novela


Fernando Cruz Kronfly

La preocupación inicial
El punto de partida de la indagación que me condujo a la novela —por el momento titulada La caravana de Gardel— se inscribe en una preocupación en la que me he interesado desde hace muchos años: el porqué de la importancia del tango como expresión del sentir popular en el imaginario colectivo de Antioquia y de la región de influencia antioqueña, el Gran Caldas y parte del Valle del Cauca. Es decir, de toda la región geográfico-cultural de Colombia que hizo del tango su canción.
Bueno, en medio de esa preocupación, me encontré por casualidad con la historia del transporte del cadáver de Gardel a Buenos Aires, y me di cuenta que se sabe de la muerte de Gardel, de su entierro en el cementerio de San Pedro en Medellín, se sabe que fue exhumado y que finalmente llegó a Buenos Aires por barco. Pero lo que no se sabe es qué pasó con el cadáver después de su exhumación y hasta su transporte a Buenaventura, donde fue embarcado hacia Nueva York y de allí hasta Buenos Aires, ciudad en la que recibió un apoteósico recibimiento. Esa parte de la historia está como en una penumbra, y fue esa la razón que me llevó a interesarme por reconstruir narrativamente ese periplo.
Fíjense que fue un poco lo que me sucedió también con La ceniza del Libertador, la novela sobre Bolívar. Con la diferencia, claro, de que esta novela trata sobre un Bolívar vivo, mientras que la otra trata sobre un Gardel muerto. Para Bolívar este viaje hacia el exilio era el más importante de su vida; por el contrario, en el caso de Gardel era un viaje en condición de cadáver, en el cual él no podía ser protagonista de nada. Sin embargo, lo que tienen de semejantes estos dos viajes, sobre los cuales se sabe muy poco, es que para la historia no importan: ni el viaje de Bolívar ni el de Gardel importan para la historia.

Indagando por ríos, montes y cañadas
Las primeras hipótesis que hice al respecto fueron el resultado de varias conversaciones con amigos y personas de Medellín con las cuales yo verbalizaba el asunto, pues necesitaba verbalizarlo para ir armando la idea. Otto Morales Benítez, que tiene una edad que le permite acordarse de lo que pasó, me contó que en Ríosucio, su pueblo, había habido un homenaje impresionante a Gardel; y, de hecho, en la plaza de Ríosucio hay una placa que registra ese homenaje al paso del cadáver del Morocho.
La primera hipótesis que me hice fue, por consiguiente, la de que el cadáver de Gardel había sido transportado apoteósicamente por todos esos pueblos. La cuestión era reconstruir cómo y dónde habían sido los homenajes y qué había ocurrido en cada sitio. Bueno, encontré en un libro las ciudades por las que había pasado su cadáver y en qué había sido transportado: de Medellín a Valparaíso en berlina, para usar el lenguaje de la época. Pero como la carretera se terminaba en Valparaíso, desde allí hasta Ríosucio tuvo que ser transportado por dos arrieros a lomo de mula a través de la cordillera. Luego montaron todo, ataúd y cajas acompañantes, en un camioncito y pasaron por Anserma, luego por Armenia, desde donde aforaron todo como carga por tren hasta Buenaventura.
Bien, a medida que avanzaba mi investigación, se puso en evidencia que la hipótesis de partida no era cierta: Gardel no fue apoteósicamente transportado ni recibido con honores en los pueblos; por el contrario, fue transportado clandestinamente y además como carga. Es decir, que el cadáver de Gardel y lo que había sido rescatado de su vestuario fueron aforados desde Medellín por una compañía de carga, que se encargaba de transportar lo que los clientes le encomendaban.
El imaginario popular es sorprendente. En Ríosucio comenzaron a imaginar, años después, que allí había habido un homenaje al cadáver de Gardel, pero realmente la placa que pusieron en la plaza fue un homenaje posterior, similar a lo que pasó con Bolívar cuyo paso por determinados sitios era registrado por una placa cincuenta años después. Eso fue lo que pasó en Ríosucio. Allí lo que sucedió fue que al lado de la iglesia estaba la sede de la empresa de transportes, donde dejaron el ataúd de Gardel hasta el día siguiente, y después la gente imaginó que el cadáver había sido velado en la iglesia.
Yo entrevisté en Ríosucio a un viejo, ciego ya, que en esa época tenía unos veinte años y que estaba desyerbando en la plaza cuando pasaron las mulas cargadas con el ataúd. A él le pareció extraña esa carga, pues el ataúd venía montado en una especie de parihuela soportada por las dos mulas. Entonces él se acercó a curiosear y simultáneamente se regó el rumor de que en esa carga traían una imagen sagrada, un Cristo que llevaban para alguna parte. A decir verdad, en este momento no recuerdo si lo del rumor fue inventado por mí, pero creo que fue cierto, que fue inventado por Gómez, el responsable del viaje por parte de la empresa transportadora, con el fin de evitar un amotinamiento del pueblo en caso de que se supiera que se trataba del cadáver de Gardel.
El hecho es que en Ríosucio sucedió una cosa muy interesante: estamos a fines de 1935, por esa época se desarrollaba en forma aguda el conflicto liberal-conservador. Bueno, el caso es que en Ríosucio se rumoró que en las cajas que conformaban la carga venían armas, lo cual ahuyentó a la gente, pues temía que pudiera pasar algo. Es decir, surgió una tercera versión: lo que llevaban en esas cajas eran armas, no un Cristo o un cadáver.
Por consiguiente, según lo que pude indagar con las dos personas que entrevisté en Ríosucio, no hubo ningún homenaje; allí lo que hubo fue una especie de vigilia alrededor de una carga rara que había llegado. Otto Morales Benítez me dice que él ha oído decir que hubo discursos del alcalde y de otras personalidades, pero esto no me lo confirmaron las dos personas que entrevisté. Aquí hay un dato curioso. Una de las cosas que logré averiguar durante esta indagación fueron los nombres de las mulas en las que transportaron el cadáver de Gardel: se llamaban Alondra y Bolívar. ¡Es increíble! Entonces en mi novela a Alondra la llamo Alondra Manuela, y a la otra Bolívar.
En Anserma entrevisté a un viejo con el que logré mucha confianza. Él me contó que el paso por Anserma fue incluso peor, y eso por lo que se supo después. Gómez, el encargado del transporte, va a la telefónica del pueblo y pide una llamada para Medellín; la telefonista oye la conversación y se da cuenta de lo que está pasando, porque el tipo dice: "Bueno, ya llegamos con Gardel aquí a Anserma, anoche dormimos aquí y en este momento estamos partiendo rumbo a Armenia, así que no se preocupen". Porque Defino esperaba en Buenaventura y estaba muy preocupado por la demora, pero es que no se imaginaba esa correría a lomo de mula por la cordillera. Gómez llamaba a Medellín para que le comunicaran a Defino que se tranquilizara, que ya habían pasado la parte dura y que en ese momento iban para Armenia a tomar el tren. Bueno, la telefonista oye este cuento y a su vez lo cuenta: "Vean, Gardel durmió aquí anoche, lo traían en un camión". Entonces la gente empieza a hilar: "Ah, debió de ser en ese camión que amaneció en el parque". Al final, lo que quedó más o menos claro después de la reconstrucción hecha por la gente del pueblo, es que los que transportaban el cadáver no habían querido hacerlo público por miedo a que el pueblo abriera el ataúd para quedarse con recuerdos. Desde luego, los elementos de reconstrucción testimonial no son muy abundantes, pero sí son muy confiables. Son pocos, como cuatro o cinco entrevistas, pero me permiten hacer la ficción a partir de estos testimonios. De otro lado, mi propósito no era el de hacer una reconstrucción fiel, punto por punto, sino averiguar el carácter de lo que sucedió.

La caravana de Gardel
La novela no arranca exactamente desde la exhumación, sino desde la llegada del cadáver a La Pintada. Yo comienzo la novela como si el transporte en mula hubiera sido desde La Pintada, aunque en realidad fue desde Valparaíso. Es decir, en la novela me ocupo del tramo que va desde La Pintada hasta Buenaventura.
En la novela, los dos arrieros son personajes muy distintos: uno de ellos es consciente de que transporta un símbolo, el otro piensa que lo que transporta es un cadáver, nada más. A lo largo del viaje hay entre ellos una especie de contradicción o de contrapunteo, porque el que cree que transporta un símbolo respeta mucho lo que está transportando, mientras que el otro lo trata como una caja cualquiera. A lo largo de la novela se teje una especie de intriga, pues el que considera que es una carga cualquiera de todas maneras saca cosas de la caja, en medio de la noche. Es una especie de profanador porque va a negociar con eso. El otro se opone a eso, aunque tiene mucho interés en ver lo que el primero ha sacado. Y lo que éste ha sacado, es de todo: cordones, pelo, pedazos de zapato, pellejo de lo que quedó del cadáver, una cosa algo así como necrofílica.
La novela, relatada en primera persona, está montada sobre la memoria de ese viaje que, en 1950, quince años después, hace Arturo Rendón, el arriero que respeta el cadáver, cuando decide buscar al otro para reclamarle la parte que le corresponde de lo que sacó de las cajas. Por consiguiente, hay dos historias, una articulada sobre la otra. La primera, la del tiempo presente, es la de la búsqueda de Rendón en 1950; la otra, la del tiempo pasado, corresponde a la del viaje con el cadáver de Gardel. La búsqueda de 1950 lleva a Rendón a recorrer los lugares por dónde pasó quince años atrás, pero ahora estamos en plena violencia bipartidista, lo que me permite explorar esa época y la representatividad que el tango había alcanzado en esa zona de Colombia.
Porque Arturo Rendón es un arriero, un hombre del campo, que se vuelve urbano, citadino. Emigra con su familia a una pequeña ciudad, al cabo del tiempo la familia se descompone y él termina en el tango, pues el tango le ayuda a representarse su lugar en la ciudad. Se convierte en bailarín, se transforma en un tanguero, incluso asume la figura de Gardel; es decir, se viste con chaleco y saco, usa sombrero. No canta, pero reproduce la figura de Gardel. En la novela hay momentos en que él es Gardel, casi. Se vuelve Gardel, digamos, juguetonamente; incluso hay momentos en que el acompañante de turno le dice "mi Gardelito" y comienza a tratarlo como si fuera Gardel. Es decir, Rendón es un arriero que, al urbanizarse, vive la experiencia de asumir el tango como un repertorio imaginario que habla de él. La novela empieza así, al comienzo dice eso. El tango es él mismo; Rendón siente que el tango es él, que el tango le dice algo a él, le dice lo que es.

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miércoles, 25 de abril de 2007

¡Está vivo! ¡Gardel está vivo!




Cómo supimos
Los que tengan buena memoria recordarán que esa tarde del 24 de Junio de 1935, a las 2 y 57 de la tarde, el arrabal se estremeció con la absurda y su­puesta muerte de Carlitos Gardel.
También recordarán que algunos acompañantes lo­graron escapar de las llamas: José María Aguilar (guitarrista muy bueno), Alonso Azzaf (masajista Portorriqueño), José Plaja (Profesor de Inglés del morocho) y Grant Flynt (un gringo aviador).
Se desconocen los destinos de estas personas; se desconocen las taras sicológicas que la tragedia les pudo ocasionar (de José Plaja se sabe que le cogió inquina a los trimotores); se desconoce su versión de los hechos.
De estos sobrevivientes quien nos interesa es el nor­teamericano Grant Flynt, quien es el autor de esta pavorosa revelación: que Gardel está vivo, que se esconde en el oriente antioqueño, que nadie lo ha visto.
Esta chiva periodística, que ya se quisiera nuestra colega "Cromos", nos la dio el libro "Zorzal's True", aparecido recientemente en el estado de Nebraska (USA), donde Grant Flynt, ya octoge­nario, pasa holgadamente su tercera edad.
El libro, editado por Sky Corp. Ed., no tuvo eco en Norteamérica donde aún creen que Gardel es un in­vento paisa para obtener divisas.
Grant Flynt tiene por qué saber lo que cuenta en su libro: él mismo salió chambuscado del trimotor F-31, de la Sociedad Aeronáutica Colombiana (SACO), y supo lo que ocurrió antes del choque, en el choque y luego del choque.
Y lo que cuenta es muy sencillo, aunque espeluznante: que Gardel fue sacado vivo con la cara de­masiado quemada y llevado a una clínica de la ciu­dad en la que se recuperó y de la cual salió para ya nunca ofrecerle su rostro a la fanaticada. Pero vea­mos cómo desenrolla mister Flynt esta complica­da madeja de los hechos.
El rollo
Intrigado por la oscuridad de lo sucedido ese día fa­tal del accidente Jorge Sturla, cotizado reportero del diario "Crónica" de Buenos Aires, se vino en 1971 para Medellín a desenmascarar la mentira en torno al zorzal.
Era cierto que él y sus compatriotas habían visto las cenizas de Carlitos llevadas hasta la calle Co­rrientes, pero quién quita que hubieran sido las de Le Pera o las del agente secreto que la policía colom­biana dispuso muy gentilmente para la protección del morocho.
Se ha comprobado después que las cenizas se pueden confundir por su coloración y consistencia y fue con esta duda que llegó a Colombia el señor Sturla, des­de luego viaticado por el diario "Crónica", que in­cluso lo autorizó a comerse los tres golpes diarios y gastar en chucherías o mecato si las circunstancias así lo exigieran.
Sturla traía en su mente un cabo por atar: el disparo que hubo dentro del trimotor F-31, el alegato que se escuchó segundos antes y la presencia de una ex­traña mujer vestida de negro, que se despedía de Carlitos voliando la mano enguantada y con sus lindos ojos encharcados de amor.
Trascribimos del periódico “El Mundo” lo que ellos transcribieron del diario "Crónica" de Buenos Aires, que a su vez lo trascribió de la cruda realidad:
"... (Ernesto Samper Mendoza) intimo amigo de Gardel, no pudo reprimir sin embargo su despecho y lo hirió con un sarcasmo que concretaba antiguas suspicacias infames.
"—Para conseguir esa muchacha hay que ser más hombre, Carlitos, Y tu sabes que te falta algo."
"Gardel perdió la cabeza, extrajo el revolver y le disparó un balazo". (El Mundo, Junio 27 de 1979).
Esto, según el libro de Grant Flynt, "Zorzal's True" (pág. 33), "es de las más viles calumnias que pueda ingeniar la mente humana".
Herminia Moscoso es una enfermera jubilada que cada mes espera impacientemente su pensión. "Yo aprendí primeros auxilios y cuidado de enfermos con unas monjítas que fue­ron a Itsmina por allá en el 25". En ese entonces ella tenía apenas nueve años.
Doña Herminia llegó a Medellín en el 31 con una hermana mayor que venía a colocarse "en lo que fuera", y se queda­ron. Carmenza, la hermana, murió tísica dos años después y Doña Herminia quedó sola. Por esos días ya trabajaba con el Dr, Solano en un consultorio "Por allá por Palacé, por don­de era el Medellín viejo". Le ayudaba con los pacientes y en el aseo del consultorio, que en ese entonces era uno de los más concurridos y afamados.
Fue allí precisamente donde llevaron a Gardel después del trágico accidente, "Yo ni siquiera sabía que era ese cantan­te porque yo ni oía radio, y en la vitrola de la sala en la ca­sa del Dr. Solano no más ponían discos de Opera que Doña Amalia (la señora de Solano) acompañaba a los gritos". Nos dijo que lo atendieron lo mejor que pudieron pues en esos días había escasez de yodo y el enfermo tenía total­mente quemado el rostro. "Pero no paraba de reírse" dice Doña Herminia y nos mira extrañada.
"Yo recuerdo especialmente a ese señor porque el Dr. me prohibió que hablara sobre él, y que hiciera como si nunca lo hubiera visto". "No volvimos a acordarnos de él. No más unas 364 veces me acordé, cuando esculcaba mis cosas y veía su foto".
La foto es un valiosísimo tesoro que ella guardó como si na­da valiera, pero a la vez la negligencia y el descuido paradó­jicamente protegieron. "Esa foto la tomó un colega del Dr., que andaba muy entusiasmado con una cámara que le ha­bían traído de otra parte. Lo cierto es que como a los dos días me la dio (la foto) dizque porque era el vendaje más lin­do que había visto". Al reverso se lee, de puño y letra del galeno: "Para la Nithingale del trópico. . . de quien admira sus vendajes. ., " y la firma es ilegible. Ella no se acuerda del nombre del médico porque el Dr, Solano era aficionado a los apodos y siempre le dijo "El Curita", pero afirma con­vencida: "Eso sí, donde lo vea lo conozco."
Doña Herminia, cómplice inocente en la transformación y desaparición de Gardel, aún permanece inconsciente de la importancia del hecho. Quizás por eso se le vea tan tranqui­la conversando y siempre charlando por los pasillos del ancianato.
Flynt manifiesta severamente que no hubo tal dis­paro ni tal discusión, pero admite que vio a Gardel despedirse de pico en la boca de una mujer muy bella, ataviada de negro y misteriosa.
La verdad
Gran Flynt, que trató de salvar a LePera sacándole de las llamas, narra así el momento crucial:
"... después del estallido hubo la natural confusión. Yo salté de la nave, pero al oír gritos de horror me precipité de nuevo, hondamente aterrado, al interior de la cabina y encontré a LePera aprisionado, im­plorando socorro.
Traté de ayudarlo, pero ya tenía prendidos el pelo y las cejas y a mí se me estaba incendiando la ropa. Busqué a Gardel, que segundos antes charlaba con su amigo LePera y no lo vi por ningún lado. Pensé que se había salvado y me alegré en lo más recón­dito de mí ser. Volví' a salir del avión y vi que una ambulancia sin sirena abandonaba velozmente la pista del campo de aviación.
Quién iba en la ambulancia? Esta fue una pregunta que nadie respondería durante más de 50 años de misterio, hasta ahora, que ya no soporto el ahogo de este secreto" (pag. 65).
Todos tapan
Y continúa Flynt su angustioso relato así:
"... Repuesto del susto, tres días después del luctuo­so acontecimiento, cuando ya habían velado y llo­rado- unos despojos que no correspondían al Zorzal, me atreví a indagarle al doctor Antonio José Ospina, médico que dirigió los levantamientos, sobre la pre­sencia de la ambulancia y la ausencia de Gardel en la nave. El doctor Ospina se puso colorado y balbu­ció un español incomprensible, que yo entendí co­mo una evasiva. Creo sin embargo que el médico Ospina fue sincero al asegurar no saber nada, pero su turbación me hizo germinar la semilla de la duda.
Después la prensa mostró las joyas de Gardel y los documentos, elementos que no estaban la misma tarde del triste suceso y que aparecían sospe­chosamente en un montoncito.
Mi curiosidad sureña me llevó a investigar en las clínicas de la ciudad, pero ninguna admitió que hu­biera ingresado algún herido del siniestro.
Por supuesto yo no me conformaba con el testimo­nio de las clínicas y recurrí a los vecinos, cuya cooperación fue altamente eficaz.
Supe entonces que el Zorzal había ingresado a un consultorio particular, situado en la avenida Palacé. Entendí que me sería negada la entrada y cualquier tipo de información y resolví arrendar un cuarto justo al frente del consultorio, desde donde vigilé sin descanso para no perderme la salida del moro­cho, que sin embargo podría salir por detrás, por la calle Bolivia. {Aquí Grant Flynt confunde a Bolí­var con Bolivia. N. de T.).
Así pasaron tres días, más bien monótonos si no hubiera pasado lo que pasó: la extraña dama de negro salió del local con gafas oscuras y compró uvas y manzanas en la vía pública.
Con mí barba ya crecida y exhausto por la vigilia, mis desvelos fueron premiados por la súbita apari­ción de! Zorzal.
Fue al sexto día, en la madrugada. La presencia de un carro frente al consultorio me puso en guardia. Dispuse mi cámara con su teleobjetivo, le quité el flash, forcé la película de 400 asas y ¡Click!, obtuve la foto que ahora me atrevo a mostrar.
Todo se hizo de prisa y el auto se marchó a gran ve­locidad con rumbo desconocido" (págs. 68 y 69).
Aburrido me voy
El libro de Grant Flynt sigue detallando los porme­nores de una búsqueda que duró algo más de 4 me­ses, infructuosa y agotadora. Así concluyó su inves­tigación: "Cansado de una averiguación que no cua­jaba, aburrido, reclamado por mis hijos en Nebraska, poseedor de un secreto que no podía revelar porque estaba inconcluso v porque haría inútiles las lágri­mas soltadas y los pucheros contenidos, me dispuse a dejar a Colombia y me juré llevarme la verdad al sepulcro" [pág. 208).
Nosotros en acción
Perplejos con la noticia, y con "Zorzal's True" en la mano, nos dispusimos a encontrar a Gardel, aun­que ello significara la quiebra económica de FRI­VOLIDAD y el derroche de recursos humanos.
No encontramos el consultorio, pero sí una valiosa pista que nos llevaría donde la señora Herminia Moscoso, de 72 años, que era enfermera y que atendió a Carlitos.
También, con la ayuda de amigos en la aeronáutica (ayuda que nos apresuramos a agradecer con alma entera) encontramos a don Nolasco Higuita, casi ciego y casi desmemoriado, que trabajó de maletero en el aeropuerto Las Playas, que presenció todo y que nos alumbró un tris en la negrura de este caso.
Atando cabos concluimos que el Zorzal se escondía en el oriente antioqueño. Cinco personas nos dedica­mos durante-Diciembre y Enero pasados a la bús­queda incansable de alguna finca que levantara sospechas.
"...vi que en un carro blanco subían a Gardel con un trapo en la cara"
Quienes sean tan afortunados de haber conocido el antiguo aeropuerto de "Las playas", talvez recuerden a un mucha­cho descalzo y ágil que cargaba con los baúles y maletas de los viajeros en el Medellín de los 30. Nolasco Higuita, por esos tiempos tenía 12 ó 13 años y era maletero. "No había­mos sino dos. El otro era don Marcos, un señor que me lle­vó allá dizque pata lavar los baños, pero yo eché para ade­lante y me puse de cotero como a los 15 días."
Cuenta Nolasco que el día del accidente él se disponía a re­coger unas botellas que habían vaciado los asistentes al acto de despedida de Gardel, cuando ocurrió todo. "Yo no pen­sé que se habia prendido el avión de Carlitos, pues en ese tiempo los aviones explotaban mucho cuando iban a arran­car." Don Nolasco siguió en su labor hasta que escuchó los gritos y las sirenas y corrió a contarle a Don Marcos que es­taba descargando un taxi recién llegado. "Cuando iba a la carrera para la puerta sentí un empujón por detrás y me caí. Cuando alcé a ver, vi que en un carro blanco subían a Gardel con un trapo en la cara. Yo lo reconocí por el pelo, y además en ese mismo carro habían llegado él y la señora de negro que le estaba ayudando, aunque debía estar medio borracha porque era la que más había tomado en la fiesta."
Desde ese momento no supo más del auto, ni de la mujer de negro, no se atrevió a hablar con nadie del asunto por te­mor a que creyeran que estaba loco y a que se le desvalori­zara un pedazo (parte de la caja de resonancia y el brazo ca­si completo) de la guitarra de Carlitos que logró rescatar de los escombros y que es tan genuino "que hasta le han ofrecido plata por él”.
En Febrero, desalentados y tristes, dimos por con­cluida una historia que más bien parecía una secue­la sicológica en el cerebro de Flynt.
Pero suena el teléfono
El 10 de Abril por la mañana sonó el teléfono de FRIVOLIDAD. Carmencita Ortíz, nuestra encanta­dora secretaria, contestó como siempre, amable y olvidadiza. Al otro lado de la línea una voz campesi­na dijo: "Señorita, yo conozco una finca sospecho­sa como la que buscan vustedes... si me dan lo que dijeron les digo".
De inmediato salimos para El Retiro: una casa finca como cualquiera, con un portón como cualquiera, con un celador como cualquiera, pero con una at­mósfera rara, intrigante.
Saludamos al celador y la manifestamos nuestro de­seo de hablar con los moradores de la finca, pero fue categórico en su negativa; tenía orden de que no entrara ni el presidente y le quitó el seguro a la cara­bina.
¡Lo vimos!
Nuestro jefe de redacción nos hizo señas de no in­sistir y regresamos a Medellín. Pero naturalmente comprendimos que teníamos entre manos una no­ticia extraordinaria. Así que, disfrazados y por tur­nos, le montamos guardia al lugar.
Tres doberman y un pastor alemán refuerzan la vigilancia de la finca, cuya extensión no supera las tres cuadras.
El silencio campea. De pronto se escucha un ladrido o la presencia lejana de un auto. Nosotros ardemos de ansiedad y siempre tenemos un poquito de ham­bre. Alguien sugiere sobornar al celador, pero esto sólo alertaría a Carlitos y el vigilante quizá se quedaría con la plata.
Nuestro fotógrafo casi cae de un árbol desde donde miraba con su tele. Por fortuna es sólo un rasguño y lo subsanamos con una curita de cuenta de PRIVOLIDAD.
Estamos cansados, pero esta chiva nos atrae horriblemente.
Por fin el 25 de Abril por la tarde logramos verlo, ¡Verlo! ¡Verlo!, ¡Oh Dios, parecía mentira!.
Gardel se asolea
Ese día, una mujer encorvada y de luto (también con gafas negras) sale de la finca en un Renault verde. Lleva consigo dos de los perros y se despi­de del celador con un dejo levemente argentino. Algo como: "Recién vuelvo, pibe".
Quedan sólo dos perros y el hombre/ lo que facilita las cosas. Nuestro jefe de redacción organiza un pequeño incendio en un costado de la finca. El fotó­grafo suelta un conejo en el otro costado, que eje inmediato atrae a los perros. El celador corre al lugar de las llamas, momento que aprovecha el fotógrafo para lograr la primera foto del Zorzal después de su fingida muerte.

(Frivolidad, 1986, Medellín)
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