miércoles, 25 de abril de 2007

¡Está vivo! ¡Gardel está vivo!




Cómo supimos
Los que tengan buena memoria recordarán que esa tarde del 24 de Junio de 1935, a las 2 y 57 de la tarde, el arrabal se estremeció con la absurda y su­puesta muerte de Carlitos Gardel.
También recordarán que algunos acompañantes lo­graron escapar de las llamas: José María Aguilar (guitarrista muy bueno), Alonso Azzaf (masajista Portorriqueño), José Plaja (Profesor de Inglés del morocho) y Grant Flynt (un gringo aviador).
Se desconocen los destinos de estas personas; se desconocen las taras sicológicas que la tragedia les pudo ocasionar (de José Plaja se sabe que le cogió inquina a los trimotores); se desconoce su versión de los hechos.
De estos sobrevivientes quien nos interesa es el nor­teamericano Grant Flynt, quien es el autor de esta pavorosa revelación: que Gardel está vivo, que se esconde en el oriente antioqueño, que nadie lo ha visto.
Esta chiva periodística, que ya se quisiera nuestra colega "Cromos", nos la dio el libro "Zorzal's True", aparecido recientemente en el estado de Nebraska (USA), donde Grant Flynt, ya octoge­nario, pasa holgadamente su tercera edad.
El libro, editado por Sky Corp. Ed., no tuvo eco en Norteamérica donde aún creen que Gardel es un in­vento paisa para obtener divisas.
Grant Flynt tiene por qué saber lo que cuenta en su libro: él mismo salió chambuscado del trimotor F-31, de la Sociedad Aeronáutica Colombiana (SACO), y supo lo que ocurrió antes del choque, en el choque y luego del choque.
Y lo que cuenta es muy sencillo, aunque espeluznante: que Gardel fue sacado vivo con la cara de­masiado quemada y llevado a una clínica de la ciu­dad en la que se recuperó y de la cual salió para ya nunca ofrecerle su rostro a la fanaticada. Pero vea­mos cómo desenrolla mister Flynt esta complica­da madeja de los hechos.
El rollo
Intrigado por la oscuridad de lo sucedido ese día fa­tal del accidente Jorge Sturla, cotizado reportero del diario "Crónica" de Buenos Aires, se vino en 1971 para Medellín a desenmascarar la mentira en torno al zorzal.
Era cierto que él y sus compatriotas habían visto las cenizas de Carlitos llevadas hasta la calle Co­rrientes, pero quién quita que hubieran sido las de Le Pera o las del agente secreto que la policía colom­biana dispuso muy gentilmente para la protección del morocho.
Se ha comprobado después que las cenizas se pueden confundir por su coloración y consistencia y fue con esta duda que llegó a Colombia el señor Sturla, des­de luego viaticado por el diario "Crónica", que in­cluso lo autorizó a comerse los tres golpes diarios y gastar en chucherías o mecato si las circunstancias así lo exigieran.
Sturla traía en su mente un cabo por atar: el disparo que hubo dentro del trimotor F-31, el alegato que se escuchó segundos antes y la presencia de una ex­traña mujer vestida de negro, que se despedía de Carlitos voliando la mano enguantada y con sus lindos ojos encharcados de amor.
Trascribimos del periódico “El Mundo” lo que ellos transcribieron del diario "Crónica" de Buenos Aires, que a su vez lo trascribió de la cruda realidad:
"... (Ernesto Samper Mendoza) intimo amigo de Gardel, no pudo reprimir sin embargo su despecho y lo hirió con un sarcasmo que concretaba antiguas suspicacias infames.
"—Para conseguir esa muchacha hay que ser más hombre, Carlitos, Y tu sabes que te falta algo."
"Gardel perdió la cabeza, extrajo el revolver y le disparó un balazo". (El Mundo, Junio 27 de 1979).
Esto, según el libro de Grant Flynt, "Zorzal's True" (pág. 33), "es de las más viles calumnias que pueda ingeniar la mente humana".
Herminia Moscoso es una enfermera jubilada que cada mes espera impacientemente su pensión. "Yo aprendí primeros auxilios y cuidado de enfermos con unas monjítas que fue­ron a Itsmina por allá en el 25". En ese entonces ella tenía apenas nueve años.
Doña Herminia llegó a Medellín en el 31 con una hermana mayor que venía a colocarse "en lo que fuera", y se queda­ron. Carmenza, la hermana, murió tísica dos años después y Doña Herminia quedó sola. Por esos días ya trabajaba con el Dr, Solano en un consultorio "Por allá por Palacé, por don­de era el Medellín viejo". Le ayudaba con los pacientes y en el aseo del consultorio, que en ese entonces era uno de los más concurridos y afamados.
Fue allí precisamente donde llevaron a Gardel después del trágico accidente, "Yo ni siquiera sabía que era ese cantan­te porque yo ni oía radio, y en la vitrola de la sala en la ca­sa del Dr. Solano no más ponían discos de Opera que Doña Amalia (la señora de Solano) acompañaba a los gritos". Nos dijo que lo atendieron lo mejor que pudieron pues en esos días había escasez de yodo y el enfermo tenía total­mente quemado el rostro. "Pero no paraba de reírse" dice Doña Herminia y nos mira extrañada.
"Yo recuerdo especialmente a ese señor porque el Dr. me prohibió que hablara sobre él, y que hiciera como si nunca lo hubiera visto". "No volvimos a acordarnos de él. No más unas 364 veces me acordé, cuando esculcaba mis cosas y veía su foto".
La foto es un valiosísimo tesoro que ella guardó como si na­da valiera, pero a la vez la negligencia y el descuido paradó­jicamente protegieron. "Esa foto la tomó un colega del Dr., que andaba muy entusiasmado con una cámara que le ha­bían traído de otra parte. Lo cierto es que como a los dos días me la dio (la foto) dizque porque era el vendaje más lin­do que había visto". Al reverso se lee, de puño y letra del galeno: "Para la Nithingale del trópico. . . de quien admira sus vendajes. ., " y la firma es ilegible. Ella no se acuerda del nombre del médico porque el Dr, Solano era aficionado a los apodos y siempre le dijo "El Curita", pero afirma con­vencida: "Eso sí, donde lo vea lo conozco."
Doña Herminia, cómplice inocente en la transformación y desaparición de Gardel, aún permanece inconsciente de la importancia del hecho. Quizás por eso se le vea tan tranqui­la conversando y siempre charlando por los pasillos del ancianato.
Flynt manifiesta severamente que no hubo tal dis­paro ni tal discusión, pero admite que vio a Gardel despedirse de pico en la boca de una mujer muy bella, ataviada de negro y misteriosa.
La verdad
Gran Flynt, que trató de salvar a LePera sacándole de las llamas, narra así el momento crucial:
"... después del estallido hubo la natural confusión. Yo salté de la nave, pero al oír gritos de horror me precipité de nuevo, hondamente aterrado, al interior de la cabina y encontré a LePera aprisionado, im­plorando socorro.
Traté de ayudarlo, pero ya tenía prendidos el pelo y las cejas y a mí se me estaba incendiando la ropa. Busqué a Gardel, que segundos antes charlaba con su amigo LePera y no lo vi por ningún lado. Pensé que se había salvado y me alegré en lo más recón­dito de mí ser. Volví' a salir del avión y vi que una ambulancia sin sirena abandonaba velozmente la pista del campo de aviación.
Quién iba en la ambulancia? Esta fue una pregunta que nadie respondería durante más de 50 años de misterio, hasta ahora, que ya no soporto el ahogo de este secreto" (pag. 65).
Todos tapan
Y continúa Flynt su angustioso relato así:
"... Repuesto del susto, tres días después del luctuo­so acontecimiento, cuando ya habían velado y llo­rado- unos despojos que no correspondían al Zorzal, me atreví a indagarle al doctor Antonio José Ospina, médico que dirigió los levantamientos, sobre la pre­sencia de la ambulancia y la ausencia de Gardel en la nave. El doctor Ospina se puso colorado y balbu­ció un español incomprensible, que yo entendí co­mo una evasiva. Creo sin embargo que el médico Ospina fue sincero al asegurar no saber nada, pero su turbación me hizo germinar la semilla de la duda.
Después la prensa mostró las joyas de Gardel y los documentos, elementos que no estaban la misma tarde del triste suceso y que aparecían sospe­chosamente en un montoncito.
Mi curiosidad sureña me llevó a investigar en las clínicas de la ciudad, pero ninguna admitió que hu­biera ingresado algún herido del siniestro.
Por supuesto yo no me conformaba con el testimo­nio de las clínicas y recurrí a los vecinos, cuya cooperación fue altamente eficaz.
Supe entonces que el Zorzal había ingresado a un consultorio particular, situado en la avenida Palacé. Entendí que me sería negada la entrada y cualquier tipo de información y resolví arrendar un cuarto justo al frente del consultorio, desde donde vigilé sin descanso para no perderme la salida del moro­cho, que sin embargo podría salir por detrás, por la calle Bolivia. {Aquí Grant Flynt confunde a Bolí­var con Bolivia. N. de T.).
Así pasaron tres días, más bien monótonos si no hubiera pasado lo que pasó: la extraña dama de negro salió del local con gafas oscuras y compró uvas y manzanas en la vía pública.
Con mí barba ya crecida y exhausto por la vigilia, mis desvelos fueron premiados por la súbita apari­ción de! Zorzal.
Fue al sexto día, en la madrugada. La presencia de un carro frente al consultorio me puso en guardia. Dispuse mi cámara con su teleobjetivo, le quité el flash, forcé la película de 400 asas y ¡Click!, obtuve la foto que ahora me atrevo a mostrar.
Todo se hizo de prisa y el auto se marchó a gran ve­locidad con rumbo desconocido" (págs. 68 y 69).
Aburrido me voy
El libro de Grant Flynt sigue detallando los porme­nores de una búsqueda que duró algo más de 4 me­ses, infructuosa y agotadora. Así concluyó su inves­tigación: "Cansado de una averiguación que no cua­jaba, aburrido, reclamado por mis hijos en Nebraska, poseedor de un secreto que no podía revelar porque estaba inconcluso v porque haría inútiles las lágri­mas soltadas y los pucheros contenidos, me dispuse a dejar a Colombia y me juré llevarme la verdad al sepulcro" [pág. 208).
Nosotros en acción
Perplejos con la noticia, y con "Zorzal's True" en la mano, nos dispusimos a encontrar a Gardel, aun­que ello significara la quiebra económica de FRI­VOLIDAD y el derroche de recursos humanos.
No encontramos el consultorio, pero sí una valiosa pista que nos llevaría donde la señora Herminia Moscoso, de 72 años, que era enfermera y que atendió a Carlitos.
También, con la ayuda de amigos en la aeronáutica (ayuda que nos apresuramos a agradecer con alma entera) encontramos a don Nolasco Higuita, casi ciego y casi desmemoriado, que trabajó de maletero en el aeropuerto Las Playas, que presenció todo y que nos alumbró un tris en la negrura de este caso.
Atando cabos concluimos que el Zorzal se escondía en el oriente antioqueño. Cinco personas nos dedica­mos durante-Diciembre y Enero pasados a la bús­queda incansable de alguna finca que levantara sospechas.
"...vi que en un carro blanco subían a Gardel con un trapo en la cara"
Quienes sean tan afortunados de haber conocido el antiguo aeropuerto de "Las playas", talvez recuerden a un mucha­cho descalzo y ágil que cargaba con los baúles y maletas de los viajeros en el Medellín de los 30. Nolasco Higuita, por esos tiempos tenía 12 ó 13 años y era maletero. "No había­mos sino dos. El otro era don Marcos, un señor que me lle­vó allá dizque pata lavar los baños, pero yo eché para ade­lante y me puse de cotero como a los 15 días."
Cuenta Nolasco que el día del accidente él se disponía a re­coger unas botellas que habían vaciado los asistentes al acto de despedida de Gardel, cuando ocurrió todo. "Yo no pen­sé que se habia prendido el avión de Carlitos, pues en ese tiempo los aviones explotaban mucho cuando iban a arran­car." Don Nolasco siguió en su labor hasta que escuchó los gritos y las sirenas y corrió a contarle a Don Marcos que es­taba descargando un taxi recién llegado. "Cuando iba a la carrera para la puerta sentí un empujón por detrás y me caí. Cuando alcé a ver, vi que en un carro blanco subían a Gardel con un trapo en la cara. Yo lo reconocí por el pelo, y además en ese mismo carro habían llegado él y la señora de negro que le estaba ayudando, aunque debía estar medio borracha porque era la que más había tomado en la fiesta."
Desde ese momento no supo más del auto, ni de la mujer de negro, no se atrevió a hablar con nadie del asunto por te­mor a que creyeran que estaba loco y a que se le desvalori­zara un pedazo (parte de la caja de resonancia y el brazo ca­si completo) de la guitarra de Carlitos que logró rescatar de los escombros y que es tan genuino "que hasta le han ofrecido plata por él”.
En Febrero, desalentados y tristes, dimos por con­cluida una historia que más bien parecía una secue­la sicológica en el cerebro de Flynt.
Pero suena el teléfono
El 10 de Abril por la mañana sonó el teléfono de FRIVOLIDAD. Carmencita Ortíz, nuestra encanta­dora secretaria, contestó como siempre, amable y olvidadiza. Al otro lado de la línea una voz campesi­na dijo: "Señorita, yo conozco una finca sospecho­sa como la que buscan vustedes... si me dan lo que dijeron les digo".
De inmediato salimos para El Retiro: una casa finca como cualquiera, con un portón como cualquiera, con un celador como cualquiera, pero con una at­mósfera rara, intrigante.
Saludamos al celador y la manifestamos nuestro de­seo de hablar con los moradores de la finca, pero fue categórico en su negativa; tenía orden de que no entrara ni el presidente y le quitó el seguro a la cara­bina.
¡Lo vimos!
Nuestro jefe de redacción nos hizo señas de no in­sistir y regresamos a Medellín. Pero naturalmente comprendimos que teníamos entre manos una no­ticia extraordinaria. Así que, disfrazados y por tur­nos, le montamos guardia al lugar.
Tres doberman y un pastor alemán refuerzan la vigilancia de la finca, cuya extensión no supera las tres cuadras.
El silencio campea. De pronto se escucha un ladrido o la presencia lejana de un auto. Nosotros ardemos de ansiedad y siempre tenemos un poquito de ham­bre. Alguien sugiere sobornar al celador, pero esto sólo alertaría a Carlitos y el vigilante quizá se quedaría con la plata.
Nuestro fotógrafo casi cae de un árbol desde donde miraba con su tele. Por fortuna es sólo un rasguño y lo subsanamos con una curita de cuenta de PRIVOLIDAD.
Estamos cansados, pero esta chiva nos atrae horriblemente.
Por fin el 25 de Abril por la tarde logramos verlo, ¡Verlo! ¡Verlo!, ¡Oh Dios, parecía mentira!.
Gardel se asolea
Ese día, una mujer encorvada y de luto (también con gafas negras) sale de la finca en un Renault verde. Lleva consigo dos de los perros y se despi­de del celador con un dejo levemente argentino. Algo como: "Recién vuelvo, pibe".
Quedan sólo dos perros y el hombre/ lo que facilita las cosas. Nuestro jefe de redacción organiza un pequeño incendio en un costado de la finca. El fotó­grafo suelta un conejo en el otro costado, que eje inmediato atrae a los perros. El celador corre al lugar de las llamas, momento que aprovecha el fotógrafo para lograr la primera foto del Zorzal después de su fingida muerte.

(Frivolidad, 1986, Medellín)
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4 comentarios:

Tavinho Abuchaim dijo...

Sí, seguro, está vivo y tiene 124 años! Es el hombre más viejo del mundo!!!
Eso es lo que pasa cuando le dan oídos a la prensa sensacionalista. Por suerte la página no ha sido muy visitada!

ARE dijo...

Este artículo fué publicado en 1986, Medellín. Por supuesto que ya no está vivo.

Tesan dijo...

En 1986 hubiera tenido 96 años. Tal vez tampoco hubiera estado vivo.

Jacinto Méndez Capurro dijo...

Perdón, ¿y las fotos?