viernes, 4 de mayo de 2007

La caravana de Gardel


Carlos Gardel de Novela


Fernando Cruz Kronfly

La preocupación inicial
El punto de partida de la indagación que me condujo a la novela —por el momento titulada La caravana de Gardel— se inscribe en una preocupación en la que me he interesado desde hace muchos años: el porqué de la importancia del tango como expresión del sentir popular en el imaginario colectivo de Antioquia y de la región de influencia antioqueña, el Gran Caldas y parte del Valle del Cauca. Es decir, de toda la región geográfico-cultural de Colombia que hizo del tango su canción.
Bueno, en medio de esa preocupación, me encontré por casualidad con la historia del transporte del cadáver de Gardel a Buenos Aires, y me di cuenta que se sabe de la muerte de Gardel, de su entierro en el cementerio de San Pedro en Medellín, se sabe que fue exhumado y que finalmente llegó a Buenos Aires por barco. Pero lo que no se sabe es qué pasó con el cadáver después de su exhumación y hasta su transporte a Buenaventura, donde fue embarcado hacia Nueva York y de allí hasta Buenos Aires, ciudad en la que recibió un apoteósico recibimiento. Esa parte de la historia está como en una penumbra, y fue esa la razón que me llevó a interesarme por reconstruir narrativamente ese periplo.
Fíjense que fue un poco lo que me sucedió también con La ceniza del Libertador, la novela sobre Bolívar. Con la diferencia, claro, de que esta novela trata sobre un Bolívar vivo, mientras que la otra trata sobre un Gardel muerto. Para Bolívar este viaje hacia el exilio era el más importante de su vida; por el contrario, en el caso de Gardel era un viaje en condición de cadáver, en el cual él no podía ser protagonista de nada. Sin embargo, lo que tienen de semejantes estos dos viajes, sobre los cuales se sabe muy poco, es que para la historia no importan: ni el viaje de Bolívar ni el de Gardel importan para la historia.

Indagando por ríos, montes y cañadas
Las primeras hipótesis que hice al respecto fueron el resultado de varias conversaciones con amigos y personas de Medellín con las cuales yo verbalizaba el asunto, pues necesitaba verbalizarlo para ir armando la idea. Otto Morales Benítez, que tiene una edad que le permite acordarse de lo que pasó, me contó que en Ríosucio, su pueblo, había habido un homenaje impresionante a Gardel; y, de hecho, en la plaza de Ríosucio hay una placa que registra ese homenaje al paso del cadáver del Morocho.
La primera hipótesis que me hice fue, por consiguiente, la de que el cadáver de Gardel había sido transportado apoteósicamente por todos esos pueblos. La cuestión era reconstruir cómo y dónde habían sido los homenajes y qué había ocurrido en cada sitio. Bueno, encontré en un libro las ciudades por las que había pasado su cadáver y en qué había sido transportado: de Medellín a Valparaíso en berlina, para usar el lenguaje de la época. Pero como la carretera se terminaba en Valparaíso, desde allí hasta Ríosucio tuvo que ser transportado por dos arrieros a lomo de mula a través de la cordillera. Luego montaron todo, ataúd y cajas acompañantes, en un camioncito y pasaron por Anserma, luego por Armenia, desde donde aforaron todo como carga por tren hasta Buenaventura.
Bien, a medida que avanzaba mi investigación, se puso en evidencia que la hipótesis de partida no era cierta: Gardel no fue apoteósicamente transportado ni recibido con honores en los pueblos; por el contrario, fue transportado clandestinamente y además como carga. Es decir, que el cadáver de Gardel y lo que había sido rescatado de su vestuario fueron aforados desde Medellín por una compañía de carga, que se encargaba de transportar lo que los clientes le encomendaban.
El imaginario popular es sorprendente. En Ríosucio comenzaron a imaginar, años después, que allí había habido un homenaje al cadáver de Gardel, pero realmente la placa que pusieron en la plaza fue un homenaje posterior, similar a lo que pasó con Bolívar cuyo paso por determinados sitios era registrado por una placa cincuenta años después. Eso fue lo que pasó en Ríosucio. Allí lo que sucedió fue que al lado de la iglesia estaba la sede de la empresa de transportes, donde dejaron el ataúd de Gardel hasta el día siguiente, y después la gente imaginó que el cadáver había sido velado en la iglesia.
Yo entrevisté en Ríosucio a un viejo, ciego ya, que en esa época tenía unos veinte años y que estaba desyerbando en la plaza cuando pasaron las mulas cargadas con el ataúd. A él le pareció extraña esa carga, pues el ataúd venía montado en una especie de parihuela soportada por las dos mulas. Entonces él se acercó a curiosear y simultáneamente se regó el rumor de que en esa carga traían una imagen sagrada, un Cristo que llevaban para alguna parte. A decir verdad, en este momento no recuerdo si lo del rumor fue inventado por mí, pero creo que fue cierto, que fue inventado por Gómez, el responsable del viaje por parte de la empresa transportadora, con el fin de evitar un amotinamiento del pueblo en caso de que se supiera que se trataba del cadáver de Gardel.
El hecho es que en Ríosucio sucedió una cosa muy interesante: estamos a fines de 1935, por esa época se desarrollaba en forma aguda el conflicto liberal-conservador. Bueno, el caso es que en Ríosucio se rumoró que en las cajas que conformaban la carga venían armas, lo cual ahuyentó a la gente, pues temía que pudiera pasar algo. Es decir, surgió una tercera versión: lo que llevaban en esas cajas eran armas, no un Cristo o un cadáver.
Por consiguiente, según lo que pude indagar con las dos personas que entrevisté en Ríosucio, no hubo ningún homenaje; allí lo que hubo fue una especie de vigilia alrededor de una carga rara que había llegado. Otto Morales Benítez me dice que él ha oído decir que hubo discursos del alcalde y de otras personalidades, pero esto no me lo confirmaron las dos personas que entrevisté. Aquí hay un dato curioso. Una de las cosas que logré averiguar durante esta indagación fueron los nombres de las mulas en las que transportaron el cadáver de Gardel: se llamaban Alondra y Bolívar. ¡Es increíble! Entonces en mi novela a Alondra la llamo Alondra Manuela, y a la otra Bolívar.
En Anserma entrevisté a un viejo con el que logré mucha confianza. Él me contó que el paso por Anserma fue incluso peor, y eso por lo que se supo después. Gómez, el encargado del transporte, va a la telefónica del pueblo y pide una llamada para Medellín; la telefonista oye la conversación y se da cuenta de lo que está pasando, porque el tipo dice: "Bueno, ya llegamos con Gardel aquí a Anserma, anoche dormimos aquí y en este momento estamos partiendo rumbo a Armenia, así que no se preocupen". Porque Defino esperaba en Buenaventura y estaba muy preocupado por la demora, pero es que no se imaginaba esa correría a lomo de mula por la cordillera. Gómez llamaba a Medellín para que le comunicaran a Defino que se tranquilizara, que ya habían pasado la parte dura y que en ese momento iban para Armenia a tomar el tren. Bueno, la telefonista oye este cuento y a su vez lo cuenta: "Vean, Gardel durmió aquí anoche, lo traían en un camión". Entonces la gente empieza a hilar: "Ah, debió de ser en ese camión que amaneció en el parque". Al final, lo que quedó más o menos claro después de la reconstrucción hecha por la gente del pueblo, es que los que transportaban el cadáver no habían querido hacerlo público por miedo a que el pueblo abriera el ataúd para quedarse con recuerdos. Desde luego, los elementos de reconstrucción testimonial no son muy abundantes, pero sí son muy confiables. Son pocos, como cuatro o cinco entrevistas, pero me permiten hacer la ficción a partir de estos testimonios. De otro lado, mi propósito no era el de hacer una reconstrucción fiel, punto por punto, sino averiguar el carácter de lo que sucedió.

La caravana de Gardel
La novela no arranca exactamente desde la exhumación, sino desde la llegada del cadáver a La Pintada. Yo comienzo la novela como si el transporte en mula hubiera sido desde La Pintada, aunque en realidad fue desde Valparaíso. Es decir, en la novela me ocupo del tramo que va desde La Pintada hasta Buenaventura.
En la novela, los dos arrieros son personajes muy distintos: uno de ellos es consciente de que transporta un símbolo, el otro piensa que lo que transporta es un cadáver, nada más. A lo largo del viaje hay entre ellos una especie de contradicción o de contrapunteo, porque el que cree que transporta un símbolo respeta mucho lo que está transportando, mientras que el otro lo trata como una caja cualquiera. A lo largo de la novela se teje una especie de intriga, pues el que considera que es una carga cualquiera de todas maneras saca cosas de la caja, en medio de la noche. Es una especie de profanador porque va a negociar con eso. El otro se opone a eso, aunque tiene mucho interés en ver lo que el primero ha sacado. Y lo que éste ha sacado, es de todo: cordones, pelo, pedazos de zapato, pellejo de lo que quedó del cadáver, una cosa algo así como necrofílica.
La novela, relatada en primera persona, está montada sobre la memoria de ese viaje que, en 1950, quince años después, hace Arturo Rendón, el arriero que respeta el cadáver, cuando decide buscar al otro para reclamarle la parte que le corresponde de lo que sacó de las cajas. Por consiguiente, hay dos historias, una articulada sobre la otra. La primera, la del tiempo presente, es la de la búsqueda de Rendón en 1950; la otra, la del tiempo pasado, corresponde a la del viaje con el cadáver de Gardel. La búsqueda de 1950 lleva a Rendón a recorrer los lugares por dónde pasó quince años atrás, pero ahora estamos en plena violencia bipartidista, lo que me permite explorar esa época y la representatividad que el tango había alcanzado en esa zona de Colombia.
Porque Arturo Rendón es un arriero, un hombre del campo, que se vuelve urbano, citadino. Emigra con su familia a una pequeña ciudad, al cabo del tiempo la familia se descompone y él termina en el tango, pues el tango le ayuda a representarse su lugar en la ciudad. Se convierte en bailarín, se transforma en un tanguero, incluso asume la figura de Gardel; es decir, se viste con chaleco y saco, usa sombrero. No canta, pero reproduce la figura de Gardel. En la novela hay momentos en que él es Gardel, casi. Se vuelve Gardel, digamos, juguetonamente; incluso hay momentos en que el acompañante de turno le dice "mi Gardelito" y comienza a tratarlo como si fuera Gardel. Es decir, Rendón es un arriero que, al urbanizarse, vive la experiencia de asumir el tango como un repertorio imaginario que habla de él. La novela empieza así, al comienzo dice eso. El tango es él mismo; Rendón siente que el tango es él, que el tango le dice algo a él, le dice lo que es.

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